Dos chicos se bañaban en un río cuando un cocodrilo se acercó. Atrapó a uno entre los dientes y se lo llevó a su guarida, un hueco abierto en la barranca.
No lo mató. Lo dejó adentro y le dijo:
—Quedate acá. Voy a buscar al otro que se quedó en el río.
Cuando el cocodrilo salió, el niño miró a su alrededor. Había peces vivos por todas partes: el animal los guardaba allí para comer. Después levantó los ojos y descubrió otra abertura, justo encima de su cabeza.
Trepó hasta alcanzarla, pasó por el agujero de un salto y corrió derecho a su poblado. Allí contó lo ocurrido. La gente, feliz de verlo regresar, hizo disparos de bienvenida.
Cocodrilo volvió al lugar donde los chicos se habían bañado, pero el segundo ya no estaba. Se enfureció. Los pobladores le dispararon, aunque ninguno de los tiros consiguió herirlo.
Entonces el animal regresó a su guarida: todavía le quedaba el niño que había dejado allí y pensaba comérselo. Entró, buscó entre los peces y recorrió el hueco. Tampoco lo encontró.
Más furioso que antes, salió detrás del fugitivo y llegó hasta el centro mismo del poblado. Durante tres días permaneció allí, lanzando sus ladridos y tratando de matar a alguien.



