El mono se había enemistado con la yaguareté y le tenía miedo. Había una fiesta a la que quería ir, pero para llegar debía pasar frente a la casa de ella.
Pensó cómo cruzar sin que lo reconociera. Encontró una calabaza grande, se metió adentro y descubrió que, dando pequeños impulsos desde allí, podía hacerla avanzar.
Así salió al camino. Cuando pasó por la casa del galápago, este creyó que estaba viendo un animal nuevo. Conversaron un rato, sin que el galápago descubriera quién hablaba desde aquel cuerpo redondo.
El mono se despidió y, para seguir, cantó:
—Andá, calabaza, que nunca anduviste. Viernes, sábado, domingo y lunes… De tanto quererlo, ¡en bicho te convertiste!
Con otro impulso, la calabaza volvió a moverse. Pasó delante de la casa de la yaguareté sin que ella reconociera al mono escondido. Él llegó a la fiesta, pudo verla y no sufrió ningún daño.




