El galápago tocaba un instrumento de viento que todos llamaban gaita. Los animales lo escuchaban admirados. El yacaré, en cambio, sentía envidia.
Una vez lo esperó cerca de la fuente donde solía beber. Se acostó al sol y, cuando el galápago llegó, lo saludó como si nada.
El músico tomó agua y se puso a tocar.
—¿Me prestás la gaita para probarla? —pidió el yacaré.
El galápago se la dio. Enseguida el otro saltó al agua con el instrumento y desapareció. El dueño se quedó furioso, sin poder recuperarlo.
Días más tarde preparó una trampa disparatada. Fue hasta una colmena y se tragó muchas abejas. Después se escondió entre hojas en el lugar donde el yacaré tomaba sol. Dejó el trasero hacia arriba, bien untado con miel, y de tanto en tanto soltaba una abeja: zum.
El yacaré vio la miel y oyó el zumbido. Creyó que había encontrado una colmena y metió un dedo. El galápago lo apretó de golpe.
—No te suelto hasta que me devuelvas la gaita.
El yacaré empezó a gritarle a su hijo mayor:
—¡Gonçalo! ¡Traé la gaita del galápago! ¡Tango-le-ré, la gaita del galápago!
Desde lejos, el hijo no entendía.
—¿Qué, papá? ¿La camisa?
El yacaré repitió la cantinela más fuerte. El dedo le dolía cada vez más.
—¿Los pantalones? —preguntó Gonçalo.
—¡No! ¡La gaita del galápago!
Después de muchas idas y vueltas, cuando el yacaré ya creía que iba a perder el dedo, Gonçalo apareció con el instrumento. El padre se lo entregó al galápago. Solo entonces el músico aflojó y lo dejó libre.




