Maing Sa-song, ministro de Estado, viajaba hacia el sur vestido con ropa sencilla. Lo sorprendió la lluvia y entró en un pabellón al costado del camino.
Allí estaba un joven estudiante llamado Whang Eui-hon. Con las manos detrás de la espalda, leía los versos escritos en una tabla. Miraba la inscripción y paseaba por el lugar como si nadie más hubiera llegado.
Finalmente se volvió hacia Maing.
—Y, abuelo, ¿vos entendés el gusto de unos versos como estos?
El ministro decidió seguirle la conversación.
—Soy un viejo de campo. ¿Cómo voy a entenderlos? Explicámelos.
El estudiante habló de los grandes hombres del pasado. Dijo que habían puesto en palabras lo que veían y vivían para inspirar a quienes llegaran después. En la poesía, explicó, había imágenes tan vivas como un paisaje.
Maing le agradeció la lección.
Poco después empezaron a llegar caballos cargados, servidores y hombres con tiendas y equipaje. Era una comitiva larga. Whang preguntó a quién acompañaban y descubrió que el anciano de ropa sencilla era el ministro Maing Sa-song.
Cayó de rodillas y se inclinó profundamente.
Maing se rio.
—Ya está. Las personas no valen más o menos por un cargo. Sus pensamientos importan. Vos sos un estudiante capaz: ¿por qué estabas tan orgulloso antes y tan humilde ahora?
Lo tomó de la mano y lo invitó a sentarse a su lado. Lo tranquilizó y, al terminar la conversación, lo dejó seguir su camino.
La lluvia había reunido a los dos bajo el mismo techo. El nombre del ministro había cambiado la postura del joven mucho más que sus palabras sobre poesía.



