Una pareja de campesinos tenía un hijo. La madre insistía en que aprendiera un oficio: si algún día debía vivir por su cuenta, necesitaba saber hacer algo. Al fin, el padre salió con el chico a buscar un maestro.
En el camino les dio sed. Se agacharon junto a un arroyo y bebieron. Al levantar la cabeza, el padre exclamó lo buena que estaba el agua. En la lengua de aquel lugar sus palabras sonaron como el nombre de Vakhraca, y un diablo con forma humana salió del arroyo.
—¿Qué querés? ¿Para qué me llamaste?
El campesino le explicó que buscaba quién enseñara un oficio a su hijo.
—Dejalo conmigo un año —propuso Vakhraca—. Después vení a buscarlo. Si lo reconocés, se va con vos. Si no, se queda para siempre conmigo.
El hombre aceptó sin saber que otros padres habían hecho el mismo trato y perdido a sus hijos. Al cabo del año volvió. El maestro no estaba; en el patio había tantos muchachos, y todos habían cambiado tanto, que no pudo distinguir al suyo.
Pero el chico sí reconoció a su padre. Se acercó y le habló bajito:
—Cuando llegue, nos va a transformar en palomas. Al salir volando, yo iré adelante de todos; cuando volvamos, seré el último. Fijate bien.
Vakhraca llegó y convirtió a los alumnos en palomas. El padre siguió el vuelo tal como le habían indicado y, cuando el maestro le preguntó, señaló sin equivocarse. El diablo se enfureció al comprender la maniobra, pero debió dejar partir al aprendiz.
Padre e hijo encontraron después a unos nobles de cacería. Sus perros no conseguían alcanzar una liebre.
—Espantá una liebre del monte —le dijo el chico—. Yo voy a convertirme en galgo y atraparla. Cuando quieran comprarme, pedí mucho dinero. Después me escapo y te alcanzo.
Así lo hicieron. Los nobles pagaron una buena suma por aquel perro extraordinario y se lo llevaron atado. Apenas soltaron al galgo para que persiguiera otra liebre, el chico corrió hasta quedar fuera de su vista, recuperó su figura y se reunió con el padre.
Más adelante vieron otros cazadores. Esta vez los halcones no lograban atrapar un faisán. El muchacho se convirtió en halcón, lo alcanzó delante de todos y consiguió que su padre volviera a venderlo caro. Cuando lo dejaron volar tras otra presa, escapó como antes.
Ya llevaban bastante dinero, pero el chico quería más.
—Ahora seré un caballo. Montame y vendeme en la ciudad. Solo te pido una cosa: no me vendas a un hombre de ojos de distintos colores. Y si llegás a hacerlo, no le entregues la brida, porque entonces no voy a poder librarme de él.
El padre llegó a la ciudad sobre un caballo magnífico. Muchos ofrecieron comprarlo, pero el más interesado tenía precisamente aquellos ojos. Por cada moneda que ofrecía otro, él agregaba diez. La codicia pudo más que la advertencia: el campesino le vendió el caballo y también la brida.
Era Vakhraca. Se llevó a su aprendiz, lo encerró en una habitación oscura y cerró con llave. El chico pasó mucho tiempo buscando cómo escapar, hasta que vio un rayo de sol entrar por un agujero. Se convirtió en ratón y salió por allí.
El maestro lo vio y se transformó en gato. Cuando estuvo por atraparlo, el ratón se volvió pez y se arrojó a una corriente. El diablo se hizo red y lo persiguió bajo el agua.
Antes de quedar envuelto, el pez se convirtió en faisán y levantó vuelo. Vakhraca lo siguió como halcón. Ya casi sentía sus garras cuando el aprendiz se volvió una manzana roja y cayó en el regazo de un rey.
El maestro se convirtió en cuchillo en la mano del monarca. Pero, justo antes del corte, la manzana se transformó en un montón de mijo sobre una tela. El cuchillo se hizo gallina y empezó a picotear los granos.
Quedaba uno solo. Ese último grano se volvió aguja. El diablo se hizo hilo y entró por el ojo de la aguja para sujetarla, pero ella saltó al fuego. El hilo se quemó.
Libre por fin de Vakhraca, el muchacho recuperó su figura, regresó a casa de su padre y pudo vivir en paz.



