Un anciano se ganaba la vida cortando bambú. Lo llevaba a su casa y, junto con su esposa, fabricaba objetos que después vendían. Eran pobres y lamentaban no haber tenido hijos.
Una mañana vio una luz entre las cañas. Se acercó y encontró, dentro de un tallo, una niña tan pequeña que cabía en su mano. La llevó a casa. Su esposa preparó una canastita para protegerla, y entre los dos empezaron a cuidarla.
Desde entonces, el leñador encontró oro y piedras preciosas en algunos bambúes. Con el tiempo pudo construir una casa grande. Pero para la pareja el mayor asombro seguía siendo la niña: en tres meses creció hasta parecer una joven. De su cuerpo salía una claridad suave que iluminaba las habitaciones incluso de noche.
La llamaron princesa Luz de Luna y celebraron su nombre con tres días de música. La noticia de su belleza se extendió. Llegaron pretendientes que esperaban frente a la casa e intentaban verla por agujeros abiertos en la cerca. Ella no quería recibirlos.
Muchos acabaron por irse. Cinco caballeros, en cambio, permanecieron allí durante el invierno y el verano. Escribían cartas, componían poemas y pedían al anciano que hablara por ellos.
El leñador, preocupado por quién cuidaría a su hija cuando él muriera, quiso que eligiera marido. Ella le dijo que no deseaba casarse. Además, aquellos hombres solo conocían lo que otros contaban sobre su belleza. ¿Cómo saber qué sentirían después?
Ante la insistencia de su padre, puso cinco condiciones. Cada pretendiente debía traerle un objeto extraordinario.
Al primero le pidió el cuenco de piedra de Buda, que estaba en la India. El caballero anunció su partida, pero no se atrevió al viaje. Compró un cuenco en un templo de Kioto, esperó tres años y lo presentó envuelto en tela de oro. La princesa lo desenvolvió. El verdadero debía llenar la habitación de luz; aquel no brillaba. Lo devolvió, y el hombre abandonó sus esperanzas.
El segundo tenía que traer una rama de un árbol de la montaña Horai: raíces de plata, tronco de oro y frutos de piedras blancas. Tampoco llegó hasta allí. Se encerró con seis joyeros en una casa apartada y les encargó una rama semejante.
Cuando estuvo lista, se presentó con ropa gastada y contó una larga aventura de tempestades, demonios e islas remotas. El anciano lo escuchaba admirado. Su hija sospechaba que el objeto era una imitación.
En ese momento aparecieron los seis artesanos. Habían trabajado durante años sin cobrar y reclamaban su pago. El engaño quedó al descubierto. La princesa les pagó generosamente y devolvió la rama. El caballero, furioso, alcanzó a los joyeros en el camino y los golpeó casi hasta matarlos. Luego se retiró a vivir solo en las montañas.
Al tercero le correspondía conseguir en China la piel de una rata de fuego, que ninguna llama podía quemar. Un amigo le vendió una piel a cambio de mucho dinero. Cuando la princesa la recibió, la arrojó al fuego para comprobarla. Ardió enseguida. Tampoco ese pretendiente había cumplido.
El cuarto debía encontrar una joya de cinco colores que un dragón llevaba sobre la cabeza. Mandó a sus servidores a buscarla y prohibió que regresaran sin ella. Ellos consideraron imposible la orden y se fueron de paseo. Mientras tanto, su señor arreglaba la casa, convencido de que pronto recibiría a la princesa.
Pasó un año sin noticias. Impaciente, contrató un barco y obligó a la tripulación a salir en busca del dragón. Una tormenta los arrojó a tierra. El caballero, enfermo y agotado, abandonó la búsqueda. Cuando sus servidores lo encontraron, ya no quería oír hablar de aventuras ni de Luz de Luna.
El quinto tenía que traer una concha que guardaba una golondrina en el cuerpo. La buscó sin encontrarla y también fracasó.
La fama de la joven llegó hasta el emperador. Primero envió a una dama de la corte para invitarla al palacio. Ella se negó: si intentaban llevarla por la fuerza, desaparecería.
El emperador decidió verla personalmente. Preparó una cacería cercana y, de acuerdo con el anciano, entró en la casa. La princesa intentó apartarse, pero él la retuvo y le ofreció un lugar de honor en la corte.
—Si me obligás a ir, me convertiré en una sombra —respondió ella.
Su figura empezó a desvanecerse. El emperador, alarmado, prometió dejarla libre. Entonces volvió a verla claramente. Se marchó sin ella. Después le envió poemas, y Luz de Luna contestó con otros en los que explicaba que no podía casarse con nadie de la Tierra.
Por las noches, sus padres la veían mirar la Luna y llorar. Al preguntarle qué ocurría, supieron la verdad: venía de allí y pronto debía regresar. Sus padres de aquel mundo la esperaban, aunque después de tantos años apenas los recordaba. Le dolía dejar la casa donde había crecido.
El emperador mandó dos mil guerreros para impedir que se la llevaran. La noche anunciada, unos vigilaron el techo y otros rodearon las puertas. Los ancianos escondieron a su hija en una habitación interior.
Luz de Luna les advirtió que ninguna guardia podría detener a los visitantes. Si dependiera de ella, se quedaría para cuidarlos en su vejez.
Cerca del amanecer descendió una nube. En su interior había un carro y varios seres luminosos. Su jefe llamó al leñador. Explicó que la princesa había sido enviada a la Tierra por una falta cometida en la Luna, y que su tiempo allí había terminado. El oro de los bambúes había sido la recompensa por haberla cuidado.
El anciano suplicó que buscaran a otra persona: su hija nunca había hecho nada malo. Pero las puertas interiores se abrieron solas y Luz de Luna tuvo que salir. Los arqueros no pudieron impedirlo.
Antes de partir, ella entregó al anciano su vestido bordado como recuerdo y le pidió que pensara en ella al mirar la Luna. Él quiso acompañarla, pero no se lo permitieron.
Los visitantes le dieron a la princesa un elixir de vida. Bebió un poco e intentó compartirlo con su padre adoptivo; se lo impidieron. Antes de ponerse el manto de alas que habían traído, pidió tiempo para escribir una última carta al emperador.
Dejó el mensaje y el frasco en manos del leñador, con el encargo de entregarlos. Luego el carro subió. Al llegar la claridad del día, desapareció entre las nubes.
Cuando el emperador recibió la carta y el elixir, tuvo miedo de tocar aquella bebida. Mandó llevar ambos a la cima del monte Fuji y quemarlos al amanecer. Así explica esta antigua historia el humo que la gente decía ver subir desde la montaña hacia el cielo.



