Un hombre llamaba a la oración en la mezquita de Sanjuriyah sin cobrar por su tarea. Lo hacía con una voz tan desagradable para quienes lo escuchaban que nadie sabía cómo pedirle que dejara de hacerlo.
El príncipe que sostenía la mezquita no quería lastimarlo. Buscó una manera de convencerlo.
—Aquí ya hay personas encargadas de esa función —le dijo—. Cada una recibe cinco dinares. A vos te voy a dar diez si te vas a otro lugar.
El hombre aceptó y se marchó con el dinero.
Tiempo después volvió a presentarse ante el príncipe, bastante disgustado.
—Me trataste mal. Me diste solamente diez dinares para irme. En el lugar de donde vengo me ofrecieron veinte para que me fuera a otro sitio. Y no pienso aceptarlos.
El príncipe se echó a reír.
—Hacés bien en esperar. Capaz que llegan a darte cincuenta.
El hombre había comparado las cantidades, pero no había comprendido qué estaban pagando los demás: no querían escuchar más su voz. Cuanto más difícil le resultaba al vecindario soportarla, mayor parecía ser su recompensa.



