Un sabio vivía lejos de otras personas porque le gustaba la soledad. Pasaba casi todo el día al aire libre, pensando en las cosas del mundo. En aquella tierra cálida apenas llovía y no había invierno que lo obligara a encerrarse.
Una mañana caminaba por el jardín cuando se detuvo frente a un nogal muy viejo. Levantó la cabeza hasta perder la vista entre sus ramas, cargadas de nueces que empezaban a madurar.
—Qué extraño —dijo—. Un árbol tan grande, que sigue creciendo año tras año, da frutos tan chiquitos. Y ahí abajo, en esas plantas que se arrastran por el suelo, crecen zapallos y melones enormes.
Miró de nuevo la copa y después la huerta.
—¿No sería más proporcionado que los zapallos colgaran del nogal y las nueces crecieran abajo?
Siguió paseando y pensando en el asunto hasta que le dio sueño. Se acostó a la sombra del árbol y pronto se quedó dormido.
Un golpecito en la cara lo hizo moverse. Después sintió otro y otro más. Abrió los ojos justo cuando una nuez madura le cayó sobre la nariz.
El sabio se levantó de un salto.
—¡Ahora entiendo! Si este árbol diera zapallos o melones, me habrían partido la cabeza. De ahora en adelante, que nadie se apure a encontrarle defectos a la Providencia.


