Los estudiantes del colegio confuciano habían organizado una fiesta de primavera junto a un manantial. Prepararon comida y bebida y salieron hacia el bosque. Pensaban pasar allí toda la noche.
Uno de ellos, llegado del campo, se quedó en el edificio. También tenía ganas de ir, pero no le parecía bien dejar completamente solo el templo del colegio. Sus compañeros casi nunca reparaban en él.
Aquella noche el rey Sejong envió a un servidor para averiguar cuántos estudiantes permanecían de guardia. El hombre regresó con una respuesta breve: todos se habían ido salvo uno.
El rey mandó llamar al muchacho. No debía cambiarse ni preparar una presentación especial: tenía que ir como estaba.
—¿Por qué te quedaste cuando los otros salieron? —le preguntó.
—Yo también quería ir, pero pensé que alguien debía cuidar el lugar.
La respuesta le gustó al rey. Después quiso saber si el estudiante escribía versos.
—Sé un poco —contestó él.
—Entonces completá este: «Después de la lluvia, las montañas lloran».
El joven respondió enseguida:
—«Delante del viento, la hierba se emborracha».
El rey celebró la imagen. Decidió concederle allí mismo el título de graduado y mandó traer la ropa correspondiente, las flores para su sombrero y un caballo. Dos muchachos y varios músicos lo acompañarían.
—Ahora andá a la fiesta y mostrate —le dijo.
En el bosque, los compañeros escucharon flautas y otros instrumentos. Les extrañó aquella llegada: no era la época en que los nuevos graduados salían en procesión.
Cuando el grupo se acercó, reconocieron al estudiante que habían dejado atrás. Venía vestido con honores y montado en el caballo del rey.
Le preguntaron qué había pasado. Al conocer la historia, la fiesta perdió su alegría despreocupada y todos regresaron a casa. El joven que se había quedado solo llegó a ser, con el tiempo, un hombre reconocido.



