Hohodemi gobernaba Japón y era famoso por su habilidad para cazar. Lo llamaban el Cazador Afortunado. Su hermano mayor pescaba mejor que nadie y llevaba el nombre de Pescador Hábil. Cada uno conocía su oficio y disfrutaba de él.
Un día Hohodemi propuso cambiar por una jornada. Le prestó su arco a su hermano y recibió su caña con el anzuelo que tanto apreciaba.
Se sentó junto al mar y lanzó la línea. Cada vez que el flotador se movía, tiraba enseguida. No sacó un solo pez. Al anochecer recogió la caña por última vez y descubrió que el anzuelo había desaparecido.
Mientras lo buscaba entre las piedras llegó su hermano, que tampoco había conseguido cazar nada. Hohodemi le contó lo ocurrido. El pescador se enfureció y se negó a devolverle el arco hasta recuperar exactamente su anzuelo.
El cazador siguió buscando sin éxito. Después rompió su propia espada para fabricar quinientos anzuelos y se los ofreció como reparación. Su hermano los rechazó. Hizo quinientos más.
—Aunque me traigas un millón, quiero el mío —respondió el pescador.
La pérdida era una excusa. El hermano mayor envidiaba a Hohodemi y quería apartarlo para gobernar en su lugar. El cazador lo sabía, pero volvió a la playa, sin encontrar una salida.
Allí se le acercó un anciano llamado Shiwozuchino Okina. Escuchó su problema y le hizo notar que el anzuelo ya no debía de estar en la arena: seguramente había caído al fondo del mar o lo había tragado un pez.
—Andá a ver al rey del mar. Él puede ayudarte.
Hohodemi no sabía cómo llegar. El anciano tejió una canasta que flotaba como un pequeño bote, le indicó el rumbo y lo despidió. La embarcación avanzó por sí sola. En pocas horas apareció ante él el palacio submarino, con puertas de coral y piedras brillantes.
La entrada estaba cerrada y no había nadie a quien llamar. Cerca del muro vio un pozo de agua dulce bajo unos árboles. Pensó que alguien saldría a buscar agua, así que trepó a una rama y esperó.
Al rato llegaron dos jóvenes con baldes de oro. Se inclinaron sobre el pozo y vieron reflejada una cara desconocida. Al levantar la vista encontraron al viajero escondido entre las hojas.
Hohodemi bajó y les pidió agua. Ellas le ofrecieron una copa. Después de beber, él dejó dentro una joya de su collar como agradecimiento. El regalo las sorprendió y quisieron saber quién era.
Cuando se presentó, las jóvenes le dijeron sus nombres: Tayotama y Tamayori, hijas del rey del mar. Hohodemi les contó lo del anzuelo y les pidió que lo llevaran ante su padre.
El rey Ryn Jin lo recibió con una gran fiesta. Hubo música, danzas y platos servidos por peces vestidos para la ocasión. Hohodemi estuvo a punto de olvidar sus preocupaciones, pero finalmente explicó por qué había llegado hasta allí.
El rey reunió a sus súbditos y preguntó quién había tomado el anzuelo. Nadie respondió al principio. Entonces una sepia señaló que faltaba Tai, el besugo rojo, que desde la víspera no podía comer y sufría de la garganta.
Fueron a buscarlo. Tai llegó pálido y dolorido. Ante las acusaciones del rey explicó que había mordido una carnada sin saber de quién era el anzuelo. Se le había quedado atascado y no conseguía sacarlo.
La sepia abrió con cuidado la boca de su compañero, tomó el anzuelo con uno de sus tentáculos y lo retiró. Lo lavó y se lo entregó al rey, que lo puso en manos del visitante.
Hohodemi estaba feliz. Ryn Jin, en cambio, quería castigar a Tai por haber causado tantos problemas.
—Por favor, no lo hagas —pidió el cazador—. No quiso robarlo. Ya sufrió bastante, y yo también tuve parte en lo que pasó: estaba usando una caña que no sabía manejar.
El rey aceptó perdonar al pez. Tai se fue aliviado, moviendo las aletas, acompañado por los demás.
Con el anzuelo recuperado, Hohodemi podía volver. Pero el rey y sus hijas le rogaron que se quedara un poco más. Su hospitalidad lo convenció, y una visita siguió a otra hasta que transcurrieron tres años. En aquel reino el tiempo pasaba al mismo ritmo que en la tierra.
Aunque lo trataban con cariño, el cazador empezó a extrañar su país. Tenía responsabilidades como gobernante y todavía debía devolver el anzuelo. Esta vez anunció una despedida definitiva.
Ryn Jin le entregó dos joyas. Una llamaba a la marea creciente y podía hacer avanzar el mar sobre la tierra. La otra hacía retroceder las aguas. Le enseñó cómo usarlas y mandó preparar un gran cocodrilo para llevarlo a casa.
Hohodemi regresó montado sobre el animal, buscó a su hermano y le devolvió el objeto perdido. Le contó sus aventuras y volvió a pedirle disculpas.
Durante la ausencia, el pescador había ocupado su lugar y disfrutado de sus riquezas. Fingió perdonarlo, pero su regreso lo llenó de rabia. Ya no podía usar el anzuelo para echarlo. Decidió matarlo.
Un día siguió a Hohodemi por los arrozales con un puñal. El cazador advirtió el peligro y sacó la joya de la marea creciente. La levantó hasta su frente. El mar avanzó sobre campos y caminos hasta rodear al perseguidor.
El pescador perdió pie y empezó a hundirse. Gritó pidiendo ayuda. Hohodemi no soportó verlo morir: guardó la primera joya y levantó la de la marea que se retira. Las aguas retrocedieron y dejaron otra vez la tierra al descubierto.
Su hermano comprendió el poder que Hohodemi tenía y el daño que él había intentado hacerle. Le pidió perdón, prometió devolverle el gobierno y reconocerlo como su señor, aunque fuera el menor.
Hohodemi aceptó con una condición: debía abandonar su maldad del mismo modo que el agua se alejaba de los campos. El pescador dio su palabra y la cumplió. Desde entonces fue un buen hermano, y la paz entre ellos duró.
El cazador volvió a gobernar y guardó las dos joyas como sus tesoros más queridos, recuerdo de la amistad que había encontrado en el fondo del mar.



