Connla, el del pelo rojo como el fuego, estaba con su padre, el rey Conn, en lo alto de Usna. Desde allí vio acercarse a una joven con ropas que no se parecían a las de nadie del reino.
—¿De dónde venís? —le preguntó.
—De las llanuras donde la vida no termina. Allí no envejecemos y nuestras fiestas no se convierten en peleas. Como vivimos dentro de las colinas verdes, ustedes nos llaman el pueblo de las colinas.
El rey oyó aquella voz, pero no vio a nadie. Los que lo acompañaban tampoco. Solo Connla veía a la joven.
—¿Con quién estás hablando, hijo?
La desconocida respondió antes que él. Dijo que amaba a Connla y que había venido a buscarlo para llevarlo a Moy Mell, la llanura de la alegría, donde reinaba Boadag. Allí lo esperaba una corona y una juventud que no se marchitaría.
Conn sintió miedo de perder a su hijo. Llamó a Coran, su druida, y le pidió que usara sus conocimientos para alejar a la visitante.
Coran pronunció sus conjuros hacia el lugar de donde venía la voz. La joven comenzó a desvanecerse. Antes de desaparecer del todo, le arrojó una manzana a Connla.
Durante un mes, Connla no comió ni bebió otra cosa. Cada vez que mordía la fruta, la parte que faltaba volvía a crecer. La manzana seguía entera y el deseo de volver a ver a la joven se hacía más fuerte.
Al cumplirse el mes, Connla estaba otra vez junto a su padre, ahora en la llanura de Arcomin. La joven apareció y volvió a llamarlo.
—Los habitantes de Moy Mell te esperan. Han visto cómo vivís entre los tuyos y quieren que vengas.
Conn ordenó que buscaran a Coran. Pero la visitante afirmó que aquel poder no duraría para siempre y que llegaría una ley nueva que dejaría atrás los conjuros del druida.
El rey miró a su hijo. Desde que había vuelto la voz, Connla no respondía a nadie.
—¿Querés ir con ella?
—Quiero a los míos más que a nada —dijo Connla—. Y, sin embargo, no puedo dejar de desear ese viaje.
La joven señaló una barca de cristal que brillaba junto al agua.
—Vení conmigo. El sol está bajando, pero podemos alcanzar su resplandor antes de que oscurezca.
Connla corrió hasta la barca y saltó adentro. Esta vez el rey y todos sus acompañantes pudieron verla deslizarse por el mar, rumbo al sol que se ponía.
La siguieron con los ojos hasta que se volvió un punto y después desapareció. Nadie volvió a ver a Connla ni a la joven. Tampoco supieron a qué costa habían llegado.



