Un conejo dormía a la sombra de una palmera. El aire estaba tibio, las hojas se movían apenas y no había ninguna razón para salir corriendo. Pero el conejo se despertó con una pregunta terrible en la cabeza.
«¿Y si el mundo se rompe?», pensó. «¿Dónde me voy a esconder?»
En ese preciso momento, unos monos dejaron caer un coco. El fruto dio contra el suelo, detrás del conejo, con un golpe seco: ¡PUM!
El conejo no miró hacia atrás. Ya sabía, o creía saber, qué había pasado. El mundo se estaba rompiendo. Salió disparado entre los pastos, con las orejas pegadas al lomo.
Otro conejo lo vio pasar.
—¿Adónde vas tan rápido?
—¡Se termina el mundo!
El segundo no quiso quedarse a comprobarlo. Corrió detrás del primero. Un tercero vio a los dos, escuchó el grito y se unió. Pronto eran tantos que el sendero parecía moverse por su cuenta.
Un ciervo levantó la cabeza al oír el estrépito. Preguntó qué ocurría, pero recibió la respuesta de un conejo que ya pasaba de largo. El ciervo empezó a correr. Se sumaron otros ciervos, un zorro y un elefante. Cada animal encontraba delante de sí a alguien que parecía saber más, y ninguno se detenía a preguntar demasiado.
La polvareda se levantó sobre el bosque. Las aves salieron de las ramas. El elefante tenía tanto apuro que ni siquiera entendía de dónde venía el peligro; sólo sabía que todos escapaban.
Un león vio acercarse aquella multitud y se plantó en el camino.
—¡Paren! ¿Qué les pasa?
—¡El mundo se está rompiendo! —contestaron varias voces.
El león miró los árboles, el cielo y la tierra. Todo seguía en su lugar.
—¿Quién lo vio?
El elefante señaló al zorro. El zorro dijo que se lo habían contado los ciervos. Los ciervos buscaron a los conejos. Los conejos se señalaron unos a otros hasta que, al final de tantas patas y tantas explicaciones, apareció el primero.
—Yo lo escuché —dijo, todavía temblando—. Un ruido tremendo, justo detrás de mí.
—Entonces vamos a ver qué lo hizo.
El conejo no tenía ninguna gana de volver. El león le ofreció llevarlo sobre el lomo, y así regresaron hasta la palmera. A cierta distancia, el pequeño escondió la cabeza.
—Fue ahí.
El león se acercó. Miró el suelo. Vio el coco y la marca que había dejado al caer. Levantó los ojos hacia las hojas; arriba estaban los monos.
—El ruido vino de este fruto —le explicó al conejo—. El suelo no se abrió.
El conejo bajó despacio, tocó la tierra con una pata y después con las cuatro. Era la misma tierra firme de la mañana.
Volvieron juntos a contarles a los demás. El elefante soltó un suspiro enorme; los ciervos aflojaron las piernas; los conejos se sentaron por fin. Cada uno tomó el camino de su casa. Y el primer conejo pudo regresar a su sombra: esta vez, antes de acostarse, miró bien qué había encima de la palmera.


