Un hombre que tenía una hija volvió a casarse. Su nueva esposa llegó con dos hijas y pronto empezó a tratar muy mal a la muchacha. Le encargaba lavar los platos, limpiar las escaleras y fregar las habitaciones. Mientras sus hermanastras dormían en camas cómodas, ella tenía un colchón de paja en el desván.
No se animaba a quejarse ante su padre, porque él hacía todo lo que quería su mujer y habría terminado retándola. Cuando acababa el trabajo, la joven se sentaba junto al fuego, entre las cenizas. Por eso la llamaban Cenicienta.
Un día, el hijo del rey anunció un baile. Las hermanastras recibieron una invitación y no hablaron de otra cosa. Una eligió terciopelo rojo; la otra, un manto con flores de oro. Cenicienta les planchó la ropa, les aconsejó cómo arreglarse y las peinó con cuidado, aunque se burlaban de que alguien como ella quisiera ir al palacio.
Cuando se fueron, Cenicienta se quedó llorando. Su madrina la encontró así y le preguntó qué le pasaba.
—Yo quisiera… quisiera…
—¿Ir al baile?
La muchacha asintió. Su madrina era un hada y decidió ayudarla.
—Traeme un zapallo del jardín.
Cenicienta buscó uno hermoso. El hada lo vació, dejando la cáscara, y lo tocó con su varita. El zapallo se convirtió en un carruaje dorado. Luego transformó seis ratones en seis caballos grises.
Todavía faltaba un cochero. A Cenicienta se le ocurrió mirar la trampa para ratas. Había tres; el hada eligió la de mejores bigotes y la convirtió en un cochero de magnífico bigote. Seis lagartijas que estaban detrás de la regadera se transformaron en seis lacayos, que subieron a la parte trasera del carruaje.
—Ya podés ir —dijo el hada.
—¿Con esta ropa?
Otro toque de la varita cambió los vestidos gastados por una ropa de oro y plata cubierta de piedras brillantes. La madrina le dio también un par de zapatillas de vidrio.
Antes de dejarla partir, le hizo una advertencia:
—Tenés que volver antes de medianoche. Si te quedás más tiempo, el carruaje volverá a ser zapallo, los caballos serán ratones y recuperarás tu ropa de todos los días.
Cenicienta lo prometió y salió feliz.
En el palacio creyeron que llegaba una princesa desconocida. El príncipe fue a recibirla. Cuando entraron en el salón, todos dejaron de bailar y los músicos interrumpieron un momento la música para mirarla.
El príncipe bailó con ella y le ofreció el mejor lugar. Cenicienta también se sentó junto a sus hermanastras. Las trató con amabilidad y compartió las naranjas y los limones que el príncipe le había dado. Ellas no la reconocieron y se sorprendieron de recibir tanta atención.
A las once y cuarenta y cinco, Cenicienta se despidió y volvió a casa. Le agradeció a su madrina y le contó que el príncipe la había invitado a regresar la noche siguiente.
Cuando llegaron las hermanastras, Cenicienta abrió la puerta bostezando, como si acabara de despertarse. Ellas le hablaron de la hermosa desconocida. Nadie sabía su nombre.
—¡Cómo me gustaría verla! ¿Me prestarías tu vestido amarillo de todos los días? —le preguntó a una de ellas.
La hermanastra se negó con desprecio. Cenicienta esperaba esa respuesta: si hubiera aceptado, habría tenido que buscar cómo explicar su propio plan.
Al día siguiente volvió al baile, todavía más arreglada que la primera vez. El príncipe no se apartó de ella. Entre la conversación y la música, Cenicienta olvidó el paso de las horas. Creía que ni siquiera eran las once cuando oyó la primera campanada de medianoche.
Se levantó y salió corriendo. El príncipe la siguió, pero no pudo alcanzarla. En la huida, ella perdió una zapatilla de vidrio. Él la recogió.
Cenicienta llegó a casa sin carruaje ni lacayos, otra vez con su ropa gastada. De todo el esplendor solo le quedaba la otra zapatilla de vidrio.
Los guardias del palacio dijeron que no habían visto salir a ninguna princesa, sino a una muchacha pobremente vestida. Las hermanastras contaron después que el príncipe había pasado el resto del baile mirando la zapatilla que encontró.
Pocos días más tarde, él anunció que se casaría con la joven a quien le quedara exactamente ese calzado. Lo probaron princesas, duquesas y muchas otras muchachas, sin resultado.
Cuando llevaron la zapatilla a casa de Cenicienta, las hermanastras intentaron calzársela de todas las maneras posibles. No pudieron.
—¿Puedo probar yo? —preguntó Cenicienta.
Ellas se rieron, pero el encargado explicó que tenía orden de probarla a todas. La hizo sentar. El pie entró sin esfuerzo y la zapatilla le quedó perfecta. Entonces Cenicienta sacó del bolsillo la otra y se la puso.
En ese momento llegó su madrina. Con un toque de la varita le dio un vestido todavía más espléndido que los anteriores. Las hermanastras reconocieron a la joven del baile y se arrodillaron para pedirle perdón por sus malos tratos.
Cenicienta las levantó, las abrazó y les dijo que las perdonaba; les pidió que la quisieran siempre.
La llevaron ante el príncipe y se casaron pocos días después. Cenicienta hizo que sus hermanastras vivieran en el palacio. El mismo día de su boda, las casó con dos grandes señores de la corte.




