Serkis era un campesino que rezaba cada mañana antes de ir al campo y cada tarde al regresar. Un día, su esposa le preguntó:
—¿Por qué no pedís en tus oraciones que Dios te libre de las trampas de una mujer?
—¿De una mujer? No soy tan cobarde como para tenerles miedo a ella y a sus trampas.
—¿Eso pensás?
—Eso pienso —respondió Serkis, echándose las herramientas al hombro.
La mujer decidió mostrarle de lo que era capaz. Compró unos peces, los puso en el delantal y los llevó al campo al mediodía, junto con la comida de su marido.
Cuando Serkis fue a comer a la orilla del arroyo, ella enterró los peces en distintos lugares del sembrado y volvió a casa.
El hombre regresó al arado. Al remover la tierra encontró los peces y los recogió, maravillado. Por la tarde se los llevó a su esposa.
—Los saqué del campo. Creo que el Creador los hizo nacer ahí mismo. Cocinalos y mañana traémelos para almorzar.
Ella los cocinó al día siguiente, se los comió y le llevó una sopa de arvejas.
—¿Dónde están los peces? —preguntó Serkis.
—¿Qué peces?
—Los que saqué ayer de la tierra.
—¿Estás loco? Yo no sé de ningún pescado que hayas traído.
Serkis agarró el látigo.
—¿Te comiste mis peces y encima me llamás loco?
La amenazó con pegarle. Ella gritó pidiendo ayuda y corrió al campo vecino. Los labradores acudieron y sujetaron al hombre.
—¡Suéltenme! ¡Voy a matarla a golpes! Se comió mis peces y ahora dice que estoy loco.
Los vecinos preguntaron a la mujer de qué peces hablaba.
—No lo suelten, por favor. Me va a matar. Perdió la razón. Pregúntenle dónde encontró esos peces.
—¡Acá mismo! —respondió Serkis—. Los desenterré del campo.
—La mujer tiene razón —dijeron los labradores—. Realmente perdió el juicio.
Lo ataron. Algunos aseguraban que ya venía dando señales; otros afirmaban que era una enfermedad hereditaria y que varios de su familia habían estado igual. Lo azotaron, lo llevaron a su casa y lo dejaron sujeto a una columna.
Esa noche, cuando todos se fueron, su esposa se acercó.
—¿Y ahora? ¿Les tenés miedo a las trampas de una mujer? Ésta fue la menor de todas.
—Por el cielo, desatame —suplicó Serkis—. Desde ahora mi primera oración será que me libren de ellas.
La mujer lo soltó. Según termina el cuento, desde entonces Serkis fue más prudente respecto de las mujeres.



