El rey de Occidente tenía un hijo que una noche soñó que el destino lo comprometía con la hija del rey de Oriente. Al despertar encontró en su dedo el anillo de compromiso de la muchacha. Esa misma noche, ella había tenido el mismo sueño; por la mañana llevaba el anillo del príncipe.
El joven partió en busca de su prometida. Después de un largo viaje llegó a la ciudad del rey de Oriente y entró a su servicio como un desconocido. No podía revelar su nombre: su padre y aquel rey estaban enfrentados desde hacía mucho tiempo.
Lo sirvió durante siete años. En ese tiempo pasó muchas horas felices con la princesa. Cuando se cumplieron los siete años, pidió la mano de la joven como recompensa. El rey, satisfecho con su trabajo, aceptó.
—Pero debo llevarla a mi país —dijo el príncipe—. Allí celebraremos la boda.
También a eso consintió el rey. Despidió a su hija con una dote preciosa.
Los prometidos necesitaban cruzar el mar y subieron a un barco. El capitán vio a la princesa y quiso apoderarse de ella. Antes de zarpar mandó al joven a tierra con el pretexto de completar las provisiones: los vientos contrarios podían alargar el viaje. Apenas lo perdió de vista, levó anclas.
El príncipe regresó y encontró el puerto vacío. No pudo hacer otra cosa que llorar su desgracia. La princesa, que estaba en el camarote, descubrió el engaño demasiado tarde. Cuando increpó al capitán, él le propuso que fuera su esposa.
—¿Casarme con vos? ¡Prefiero que el fondo del mar sea mi tumba!
Pero estaban en alta mar y no había ayuda posible. Al comprender que no podría resistir si él recurría a la fuerza, decidió usar la astucia.
—Está bien. Seré tu esposa, pero no en el barco. Iremos a tu ciudad y nos casaremos como corresponde.
El capitán aceptó. Cuando llegaron, ella lo mandó a preparar la boda.
—Yo te espero acá.
Él bajó sin sospechar. En cuanto desapareció, la princesa ordenó a los marineros zarpar de nuevo. No sabía adónde dirigirse.
Después de navegar llegó a una ciudad cuyo joven rey preparaba su casamiento. Había reunido a treinta y nueve muchachas y esperaba una más: elegiría esposa entre las cuarenta y las otras serían servidoras de la reina. Al enterarse de la recién llegada, fue al puerto.
—Vení a completar el grupo —le dijo—. Sos la más hermosa. Seguramente serás mi reina.
—Voy a ir —respondió ella—. Pero mandá antes a las otras treinta y nueve, para que lleguemos juntas a tu palacio con toda la pompa necesaria.
El rey las envió al barco. Apenas estuvieron a bordo, la princesa mandó levar anclas. Les contó quién era y les pidió que la acompañaran hasta que el destino les mostrara qué hacer. Impresionadas por su presencia y su determinación, prometieron seguirla hasta el fin del mundo.
Tras una larga navegación encontraron una costa desconocida y un castillo. Desembarcaron y entraron. Había cuarenta habitaciones ricamente adornadas, cada una con una cama, además de grandes riquezas y comida abundante. Comieron y se acostaron, una en cada cuarto.
A medianoche se abrió la puerta. Regresaban cuarenta bandidos, dueños del castillo, cargados con el botín de una incursión.
—¡Fuimos a cazar lejos y los antílopes vinieron a nuestra casa! —exclamaron al verlas.
—Entren, valientes —respondieron las jóvenes—. Los estábamos esperando.
Fingieron alegrarse de su llegada. Los bandidos entraron sin recelo, dejaron las armas y se acostaron. Entonces cada muchacha tomó la espada del hombre que estaba en su habitación y le cortó la cabeza. Así quedaron dueñas del castillo y de sus riquezas.
Por la mañana se vistieron con la ropa y las armas de los muertos. Parecían cuarenta jóvenes caballeros. Montaron sus caballos, llenaron las alforjas de oro, plata y joyas, y emprendieron viaje por tierra.
Llegaron a la ciudad del rey de Occidente y acamparon en una pradera de las afueras. Allí oyeron al pregonero anunciar que al día siguiente elegirían un soberano: el rey había muerto y su heredero estaba desaparecido.
Fueron a mirar la ceremonia. La multitud se reunió en el parque del palacio y los nobles soltaron el águila real. El ave voló sobre todos, como si buscara con sus ojos a la persona indicada. La gente quedó inmóvil, conteniendo la respiración. Finalmente el águila descendió y se posó sobre la cabeza de la princesa, todavía vestida de caballero.
—Debe de ser un error —dijeron los nobles—. Probemos otra vez.
La soltaron una segunda vez y eligió la misma cabeza. A la tercera ocurrió lo mismo. Entonces todos aclamaron al elegido por el destino:
—¡Viva el rey!
Condujeron a la princesa y a sus compañeras al palacio. La ungieron con aceite santo y la coronaron como rey; sus acompañantes fueron nombradas ministras.
Gobernó con tanta sabiduría y justicia que el pueblo la quiso y la honró. En medio de la ciudad hizo construir una fuente espléndida y mandó tallar allí su propia imagen. Puso guardias de día y de noche.
—Si algún forastero parece reconocer ese rostro, tráiganlo ante mí.
Un día llegó un hombre a beber. Levantó los ojos, miró largamente la imagen y suspiró. Los guardias lo llevaron al palacio. La princesa lo observó detrás de una cortina y ordenó encerrarlo: era el capitán del barco.
Otro día llegó un segundo hombre que también suspiró ante el retrato. Era el rey que había reunido a las treinta y nueve muchachas. Lo alojaron en una habitación del palacio.
Por último apareció, vestido de viajero, el príncipe perdido, prometido de quien gobernaba y heredero de aquel reino. Miró la imagen, suspiró y fue conducido ante la soberana.
La princesa convocó a los nobles y a los sabios. Hizo entrar a los tres hombres y contó su historia desde el principio hasta el final.
El capitán fue condenado a la horca y ejecutado de inmediato. El otro rey recibió a sus treinta y nueve muchachas; la princesa añadió una de sus servidoras más hermosas para completar otra vez las cuarenta.
Los prometidos celebraron su boda durante cuarenta días y cuarenta noches. El príncipe fue coronado rey como heredero legítimo, ella pasó a ser reina y gobernaron juntos.
Así alcanzaron lo que deseaban. Que todos alcancemos nuestros deseos y la felicidad que nos tiene reservada una providencia sabia.
Cayeron del cielo tres manzanas: una para mí, otra para quien contó el cuento y otra para quien recibió a la compañía.



