Se cuenta que una mujer fue a la ciudad a comprar vestidos para sus tres hijas. De regreso se sentó a descansar junto a una fuente.
—¡Tush! —exclamó al recordar que se había olvidado del vestido de la menor.
Un anciano salió de la fuente.
—Me llamo Tush. ¿Por qué me llamaste?
—No te llamé. Dije «Tush» porque olvidé comprarle un vestido a mi hija menor.
—Traela y llamame de nuevo. Yo le daré uno.
La mujer volvió con la muchacha. Apenas pronunció el nombre, apareció el anciano y se llevó a la joven al interior de la fuente. La madre llamó una y otra vez, hasta cansarse, pero nadie regresó. Al fin perdió la esperanza y volvió a su casa a llorar la desaparición de su hija.
Al cabo de uno o dos meses regresó a la fuente y volvió a decir:
—¡Tush!
El anciano salió. Cuando la vio, se dio vuelta hacia el agua.
—¡Hijo! Tu suegra vino a ver a su hija. ¿No vas a dejarla salir?
—Por supuesto —respondió una voz—. Que vaya a visitar a su madre, como es costumbre.
La muchacha apareció vestida como una hermosa novia, y su madre la llevó a casa.
—Dame una habitación aparte —le pidió—. Mi marido dijo que vendrá todas las noches.
Así ocurrió. Después del anochecer, él llegaba convertido en perdiz y se posaba en la ventana. Ella abría y lo recibía. Antes del amanecer, la perdiz se marchaba.
Las dos hermanas mayores envidiaban su felicidad. Consiguieron navajas y las clavaron alrededor de la ventana. Esa noche, al posarse, la perdiz golpeó contra los filos y recibió heridas en las alas y en el cuerpo. Apenas pudo volver a la fuente. Allí quedó en cama, convencido de que su esposa había preparado la trampa, y juró vengarse.
Pasaron cinco o seis días sin que regresara. La joven fue con su madre a la fuente. Llamaron a Tush, que salió y avisó:
—Hijo, están tu esposa y tu suegra.
—¡No quiero semejante esposa! —gritó el herido—. Ponete tu traje de águila, llevala hasta el séptimo cielo y arrojala al desierto abrasador.
Tush se transformó en águila, alzó a la joven y la dejó caer sobre la arena. Ella no murió.
—¡Cielo! ¿Qué hice para merecer esto?
Anduvo sin rumbo por el desierto. Al llegar la noche se enterró en la arena para dormir. Cerca de ella se sentaron dos hechiceros. Pronunciaron sus conjuros y se reunieron innumerables serpientes enormes. Todos deliberaron sobre remedios para mil y una enfermedades.
Para las heridas de navaja indicaron una cura: lavar al paciente con la primera leche de una mujer y aplicar sobre las heridas sangre seca tomada de las venas de una joven. A la tercera aplicación, dijeron, sanaría.
La muchacha escuchó con atención y guardó esas palabras. Al amanecer emprendió el largo regreso a su tierra. Allí pidió a las mujeres del pueblo la primera leche de una madre y abrió una de sus propias venas para obtener sangre, que secó al sol.
Se disfrazó de muchacho y fue a la fuente.
—¡Tush!
El anciano salió y le preguntó qué quería.
—Soy médico. Olvidé unos remedios en el pueblo; por eso exclamé «Tush».
El anciano entró a decirle a su hijo que había un médico humano sobre la fuente.
—Hacelo pasar. Tal vez pueda curarme.
La joven lo examinó sin revelar quién era.
—Puedo sanarte en tres días.
Lo lavó con la leche y puso la sangre seca sobre las heridas. Al tercer día, el joven estaba curado.
—¿Qué querés que te pague?
—Nada. Sólo quiero que recuerdes mi nombre.
—¿Cómo te llamás?
—Árbol de Incienso.
—¡Ese es el nombre de mi esposa!
—Yo soy tu esposa.
Se quitó el disfraz, se abrazó a su cuello llorando y le explicó que no había tenido ninguna culpa. Desde entonces se amaron y todavía viven en aquella fuente profunda.
Cayeron del cielo tres manzanas: una para mí, otra para quien contó el cuento y otra para quien recibió a la compañía.



