Quien transmitió esta historia recordaba habérsela oído a su abuela: había un rey que perdió la vista. Los médicos y los magos del reino se reunieron, pero ninguno pudo ayudarlo.
Al saber que en la India vivía un médico de trescientos años, el rey escribió al soberano de aquel país y pidió que se lo enviara. El anciano llegó, examinó los ojos y dijo:
—Hay un solo remedio: una tintura hecha con la sangre del pez de cabeza dorada. Búsquenlo en el mar abierto. Esperaré cien días; si no lo encuentran, me iré.
El único hijo del rey zarpó con cien hombres y cien redes. Trabajaron mucho y pescaron toda clase de peces, pero ninguno tenía la cabeza dorada. Pasaron noventa y nueve días. Ya habían perdido la esperanza y se disponían a volver cuando el príncipe pidió:
—Echen una última red por mi suerte.
En esa red apareció el pez buscado. Lo pusieron en una vasija con agua, dentro del camarote del príncipe, y emprendieron el regreso.
Cuando quedaron solos, el pez habló:
—Príncipe, yo también soy príncipe. Perdoname la vida y devolveme al mar. Algún día recibirás tu recompensa.
El joven sintió compasión y lo arrojó al agua.
—Andá y viví. Si vos no valorás esta misericordia, el Creador la valorará desde lo alto.
Al regresar, sus hombres contaron lo ocurrido. El rey se enfureció.
—¡Mi hijo quiere que muera pronto para quedarse con el trono! ¡Que le corten la cabeza!
La madre intervino. Vistieron con la ropa del príncipe a un condenado y lo ahorcaron en su lugar. Al hijo lo desterraron a una isla lejana.
Allí nadie sabía quién era. Lo consideraban un criminal y lo despreciaban. Sin amigos ni medios para vivir, se hundió en la desesperación y quiso acabar con su vida arrojándose al mar.
Pero en el agua lo recibió un desconocido negro, que lo sostuvo y lo devolvió a la playa. Después se inclinó ante él.
—Príncipe, permitime servirte. Podés confiar en mí: haré cuanto pueda por vos.
La valentía y la bondad de aquel hombre, junto con sus palabras amables, lo apartaron de la desesperación. Lamentó haber intentado morir y aceptó su compañía. Fueron a la casa del joven, donde los esperaba una comida abundante. Desde entonces no le faltó nada necesario.
En aquellos días, un gran dragón atacaba la isla y devoraba a cuantos encontraba. La gente no se atrevía a salir de las casas. El gobernante mandó a su ejército a matarlo, pero fracasó. Entonces hizo anunciar una gran recompensa para quien lo venciera.
El compañero del joven se presentó ante él.
—Mi señor matará al dragón. ¿Qué le darás a cambio?
—La mano de mi hija y los regalos que quiera.
—De acuerdo: tu hija y la mitad de tu riqueza.
El propio compañero fue a matar al dragón. Le llevó las orejas al joven, que las presentó ante el gobernante. Así se casó con la princesa y recibió un palacio y la mitad de la fortuna prometida. Como el gobernante no tenía hijo varón, el joven lo sucedió al morir. Con el tiempo tuvo un hijo.
Un día su compañero le dijo:
—Dejá el trono a tu hijo y nombrá regente a tu esposa. Vamos a la ciudad del rey de Occidente.
El joven aceptó. Partieron con grandes riquezas. Al llegar, el compañero le indicó que pidiera en matrimonio a la hija del rey.
El soberano lo recibió con agrado, pero le hizo una advertencia:
—Parecés un hombre digno. Debo decirte la verdad: mi hija ya se casó con noventa y nueve príncipes. Todos murieron la noche de bodas. Me da lástima tu juventud.
El joven tuvo miedo. Su compañero, sin embargo, insistió:
—Casate con ella. No temas.
Celebraron la ceremonia. Mientras tanto, los sirvientes prepararon el ataúd y la tumba del nuevo esposo.
Esa noche, el compañero se escondió en el armario de la habitación nupcial. Cuando la pareja se durmió, salió con unas tenazas y un puñal y se colocó a la cabecera de la cama. A medianoche, una víbora salió de la boca de la novia para morder al marido. Él la sujetó con las tenazas, la cortó en pedazos y la ocultó en el armario.
A la mañana llegaron los hombres del rey para enterrar al esposo y lo encontraron vivo. Corrieron a llevar la buena noticia. La noche siguiente salió otra víbora de la boca de la joven; el compañero también la mató. Después pudieron vivir en paz.
El rey de Occidente tampoco tenía hijo varón. Cuando murió, el joven lo sucedió. Más tarde recibió un mensaje de su madre, enviado desde el reino de Oriente:
«Tu padre ha muerto. Volvé para reinar en su lugar».
Dejó un regente, tomó a su segunda esposa y partió con su compañero. Durante el viaje se detuvieron en la isla y embarcaron también a su primera esposa. Llegaron al reino de Oriente y el joven fue coronado. Así quedaron unidos bajo una corona los reinos de Oriente, de Occidente y la isla entre ambos.
Poco después, su compañero pidió permiso para volver a su tierra.
—Amigo y bienhechor —dijo el rey—, te debo cuanto tengo y también mi vida. Tomá lo que quieras antes de irte.
—Lo que ganamos, lo ganamos juntos. Tengo derecho a la mitad. No quiero tus bienes, pero repartamos a tus esposas.
—Elegí a la que prefieras.
—No. Podrías pensar que yo elegí a la más hermosa, o yo pensar que te la quedaste vos. Dividiremos a cada una en dos partes: una mitad para vos y otra para mí.
El rey quiso oponerse. Pero recordó todos los favores recibidos y creyó que negarse sería una ingratitud. Finalmente aceptó.
Llevaron a las dos mujeres bajo un gran sicómoro junto al mar. El compañero colgó cabeza abajo a la hija del rey de Occidente y levantó su espada como si fuera a partirla de un golpe.
Ella lanzó un grito. Entonces cayó de su cuerpo un nido lleno de pequeñas víboras. El hombre las mató, desató a la mujer y se la devolvió a su marido.
—Ahora podés vivir con tus esposas y gobernar en paz. Ya no queda ese mal para atormentarte. Hice todo esto porque cumplía con mi deber: vos me salvaste la vida. Soy el pez de cabeza dorada. Adiós.
Se zambulló en el mar, donde todavía vive.



