Una anciana tenía una cabra. Cada día la ordeñaba y guardaba la leche en la alacena, pero una gata astuta entraba y se la bebía.
Un día, la mujer logró atraparla. Le cortó la cola como castigo y la dejó ir.
—¡Miau! ¡Devolveme mi cola! —lloró la gata.
—Devolveme la leche y te la daré.
La gata fue a ver a la cabra.
—Cabra buena, dame un poco de leche. Se la llevaré a la anciana para que me devuelva la cola.
—Traeme ramas de aquel árbol y tendrás leche.
La gata corrió al árbol.
—Árbol bueno, dame unas ramas. Se las daré a la cabra, que me dará leche para la anciana, y así recuperaré la cola.
—Traeme agua y te daré ramas.
Fue entonces a ver al aguatero.
—Dame agua, buen aguatero. Se la llevaré al árbol para que me dé ramas. Con las ramas conseguiré leche de la cabra y con la leche recuperaré mi cola.
—Traeme un par de zapatos y te daré agua.
La gata llegó al zapatero.
—Buen zapatero, dame un par de zapatos. Se los llevaré al aguatero, que me dará agua para el árbol. El árbol me dará ramas para la cabra; la cabra, leche para la anciana, y ella me devolverá la cola.
—Traeme un huevo y te daré los zapatos.
La gata buscó a la gallina.
—Gallina buena, poné un huevo para mí. Lo llevaré al zapatero y me dará zapatos para el aguatero. Él me dará agua para el árbol; el árbol, ramas para la cabra; la cabra, leche para la anciana. Así recuperaré mi cola.
—Traeme cebada y pondré el huevo.
La gata fue a la era donde se trillaba el grano.
—Buena era, dame un poco de cebada.
—Podés recoger los granos que mi dueño dejó esparcidos para los pajaritos y las hormigas.
La gata juntó la cebada y se la llevó a la gallina. La gallina puso un huevo. La gata lo entregó al zapatero y obtuvo los zapatos. Cambió los zapatos por un balde de agua, regó el árbol y recibió las ramas. Se las dio a la cabra, consiguió la leche y volvió a casa de la anciana.
—Acá tenés tu cola —dijo la mujer—. Y cuidate de no volver a robarme la leche.
La gata tomó la cola y trató de colocarla otra vez en su sitio. No pudo. Probó una y otra vez con resina, con alquitrán y con pegamento, pero nada sirvió.
Por eso aquella gata sigue sin cola hasta el día de hoy, como marca de que fue ladrona.
La moraleja de este cuento dice: la maldad siempre recibe castigo; nada valioso se obtiene sin trabajo; la marca de un pecado grave no puede borrarse.



