Un rey estaba sentado en su trono cuando llegó un embajador de un país lejano. Sin decir palabra, trazó una línea alrededor del trono y se sentó.
El rey no comprendió el mensaje. Llamó a sus ministros y tampoco ellos supieron explicarlo. Se sintió avergonzado de no tener a nadie capaz de entender el símbolo de otro soberano.
—Resuelvan el enigma o encuentren enseguida a alguien que pueda hacerlo —ordenó—. Si no, los mandaré matar a todos.
Los ministros recorrieron el reino buscando a una persona sabia. Después de mucho andar entraron en una casa. En la primera habitación había un bebé dormido en una cuna que se mecía sola. En el cuarto siguiente encontraron otro bebé y otra cuna que también se movía sin que se viera a nadie.
Salieron al patio. Había trigo lavado, extendido al sol para secarse. Una caña iba y venía sobre los granos y alejaba a los gorriones.
Asombrados, bajaron al sótano. Allí un tejedor trabajaba en su telar. Su esposa había muerto poco después de dar a luz a los gemelos, y él debía ganarse la vida, cuidar la casa y criar a sus hijos. Había conectado las cunas y la caña al telar y a la lanzadera mediante cuerdas. Así, mientras tejía, mecía a los niños y protegía el trigo.
Los ministros pensaron que alguien tan ingenioso podría resolver el problema y le contaron lo ocurrido. El tejedor reflexionó, tomó dos bolitas y una gallina, y los acompañó.
Ante el trono miró al embajador y arrojó las bolitas al suelo. El visitante sacó de su bolsillo un puñado de grano y lo desparramó. Entonces el tejedor soltó la gallina, que se comió todos los granos en pocos minutos.
El embajador se calzó las sandalias y salió de prisa.
—¿Qué significó todo eso? —preguntó el rey.
—La línea alrededor de tu trono quería decir que su rey vendría a sitiarnos si no nos sometíamos y pagábamos tributo. Con las bolitas le respondí que, al lado nuestro, eran niños: mejor que se fueran a jugar antes que empezar una guerra que acabaría con ellos. El puñado de granos representaba su ejército innumerable. Mi gallina le dijo que una de nuestras compañías bastaría para destruir una de sus legiones.
El rey, satisfecho, le ofreció regalos costosos. El tejedor aceptó sólo lo necesario para criar a sus queridos hijos.
El soberano quiso nombrarlo primer ministro, pero él se negó.
—Dejame seguir siendo tejedor. Sólo te pido que recuerdes que la sabiduría y el entendimiento no se reparten según el rango. Quienes viven de un oficio merecen el mismo trato humano que tus nobles.



