Un hombre heredó una gran fortuna de su padre. Vivió de manera tan desordenada e imprudente que pronto gastó hasta la última moneda. Entonces se sentó con los brazos cruzados y suspiró por su desgracia.
Los amigos de su padre fueron a consolarlo. Entre ellos había un anciano instruido que le dijo:
—Hijo, ofendiste a tu Suerte y ella huyó. Andá a buscarla. Tal vez puedas reconciliarte con ella y volver a ser afortunado.
El hombre cruzó montañas y llanuras. Una noche soñó que su Suerte era una persona como él, tendida boca abajo en la cumbre de una montaña, suspirando y golpeándose el pecho. Al despertar siguió hacia aquella cumbre.
En el camino encontró al León de las Hadas, sentado sobre un montículo.
—No tengas miedo. Acercate. ¿Adónde vas?
—A buscar a mi Suerte.
—Tu Suerte es muy sabia. Preguntale cómo curar mi enfermedad. Hace siete años que estoy enfermo. Si encontrás el remedio, te recompensaré.
El hombre aceptó y siguió hasta una huerta llena de árboles hermosos. Tomó unas frutas y quiso comerlas, pero todas eran amargas. El dueño apareció y le preguntó adónde iba.
—A buscar a mi Suerte.
—Entonces preguntale qué puedo hacer por mi huerta. Injerté los árboles y no sirvió. Corté los viejos y planté otros, y tampoco. Si traés un remedio, te recompensaré generosamente.
Prometió preguntar y continuó. Llegó a un palacio magnífico rodeado por un jardín que parecía un paraíso. Allí vivía sola una joven.
—¿Quién sos y por qué viniste?
Él le contó su historia.
—Tengo este palacio y riquezas sin medida —dijo ella—, pero una tristeza me crece en el corazón de día y de noche. No hago más que suspirar. Preguntale a tu Suerte cómo puedo ser feliz. Si traés una respuesta, te daré una gran recompensa.
El viajero también se lo prometió. Por fin alcanzó la cumbre y encontró a su Suerte tendida boca abajo. Le contó todas sus desgracias.
La Suerte escuchó con atención.
—Todavía puede arreglarse todo, ya que viniste tan lejos a buscarme.
El hombre hizo las tres preguntas que llevaba y recibió sus respuestas.
—¿No vas a venir conmigo? —preguntó después.
—Andá primero. Yo iré detrás.
Durante el regreso encontró antes que a nadie a la joven del palacio.
—Tu tristeza desaparecerá cuando te cases con un hombre que vos elijas —le dijo.
Luego volvió a la huerta.
—Hay mineral de oro en el manantial con que regás los árboles. Las plantas absorben partículas y por eso los frutos son amargos. Usá agua de otro manantial o sacá el mineral de éste: la fruta volverá a ser dulce.
Por último llegó ante el León de las Hadas y le contó su encuentro con la Suerte y los mensajes que había entregado.
—¿Qué te regaló la joven? —preguntó el león.
—Me dijo que se había enamorado de mí y quiso casarse conmigo. Pero no acepté.
—¿Y el dueño de la huerta?
—Sacó el mineral del manantial y lo refinó. Juntó una carga de oro puro para un caballo y me la ofreció. Tampoco acepté. No quise molestarme en llevar algo tan pesado durante tanto camino.
—¿Y qué remedio te dio tu Suerte para mi enfermedad?
—Dijo que sanarás en cuanto devores la cabeza de un necio.
El león lo miró a la cara.
—¡Por el cielo! No encontraré en toda la tierra a un necio mayor que vos.
Le dio un zarpazo en la cabeza y se la tragó de un bocado. El hombre murió.
Recordá la moraleja de este cuento: el tiempo nunca favorece a un necio.



