El Entendimiento y la Suerte discutían.
—Sólo por mí llega una persona a ser alguien —decía la Suerte.
—No. Es gracias a mí —respondía el Entendimiento.
Decidieron probarlo con un campesino que trabajaba cerca. La Suerte se acercó primero. Enseguida, la reja del arado desenterró una jarra. El hombre la abrió y encontró monedas de oro.
—¡Voy a ser rico!
Pero cambió de idea.
—¿Y si los ladrones se enteran? Vendrán a robarme y, si me resisto, me matarán.
En eso vio pasar al juez rumbo al pueblo. Decidió darle el oro y seguir con su vida tranquila de labrador. Corrió a llamarlo.
Antes de que el juez llegara, el Entendimiento entró en la cabeza del campesino. Éste escondió la jarra.
—Señor, como usted es un hombre instruido, dígame: ¿cuál de mis dos bueyes es mejor?
El juez se enfadó y se alejó reprendiéndolo. El Entendimiento también se fue.
—¡Qué cabeza la mía! —se lamentó el hombre—. Tendría que haberle dado el oro. Él era el indicado para tenerlo. ¿Qué voy a hacer yo con estas monedas? ¿Dónde las guardaré?
Pasó el resto del día pensando, sin trabajar. Al atardecer vio regresar al juez y le rogó que entrara un momento al campo. El juez sospechó que tanta insistencia debía tener algún motivo y lo siguió.
Para entonces, el Entendimiento había vuelto a la cabeza del hombre.
—Señor, usted que sabe tanto, dígame: ¿es más grande la parte que aré ayer o la que aré hoy?
El juez pensó que estaba loco y se marchó sonriendo. El Entendimiento volvió a irse. El campesino se golpeó la cabeza.
—¡Cabeza de zapallo! ¿Por qué no le di el oro? ¿Dónde lo guardaré?
Metió la jarra en la bolsa de la comida y llevó los bueyes a casa.
—¡Mujer! Guardá los bueyes, dales heno y entrá el arado. Voy a ver al juez.
Su esposa, que era astuta, notó que no soltaba la bolsa. Quiso averiguar qué llevaba.
—No me corresponde cuidar tus bueyes —respondió—. Bastante tengo con traer y ordeñar las vacas y atender a las ovejas. Guardá tus animales y después andá adonde quieras.
El hombre dejó la bolsa junto a la puerta y se ocupó de los bueyes. Ella la abrió, sacó la jarra de oro y puso una piedra redonda en su lugar.
El campesino llevó la bolsa al juez.
—Le traje un regalo.
La abrieron y apareció la piedra. El juez se enfureció. Sin embargo, pensó que el hombre ocultaba algo y lo mandó a prisión. Puso dos espías en su celda para que observaran cuanto hiciera y dijera.
El preso se puso a pensar y a medir con las manos: así de grande era la jarra, así de ancha la boca, así de abultada la panza, tanto oro había adentro.
Los espías informaron que hacía gestos, pero no hablaba. El juez lo llamó y le preguntó qué estaba midiendo.
El Entendimiento entró de nuevo en su cabeza.
—Pensaba que usted tiene una cabeza de este tamaño, un cuello así de ancho y una barba así de larga. Me preguntaba quién tiene la cabeza y la barba más grandes: usted o nuestro chivo.
El juez ordenó que lo mataran a golpes. Apenas empezó la paliza, el campesino gritó:
—¡No me peguen! ¡Voy a decir la verdad!
Lo llevaron de nuevo ante el juez.
—Ahora sí, ¿qué verdad tenés que decir?
—La verdad es que, si seguían pegándome, me iba a morir.
El juez se rio. Convencido de que sólo era un loco, ordenó soltarlo. El hombre regresó a salvo a su casa.
El Entendimiento y la Suerte se dieron la mano e hicieron las paces.
—La Suerte con el Entendimiento, y el Entendimiento con la Suerte, pueden hacer de una persona alguien.



