Vart tenía seis años y su hermana Vartoohi, cinco. Su madre, Varteni, había muerto. Su padre Vartan volvió a casarse con una mujer que tenía un hijo de cuatro años.
Vartan era un campesino acomodado y quería a sus hijos. Les llevaba ropa bonita, comida rica, juguetes y regalos. La madrastra los envidiaba y quería deshacerse de ellos para reservarle todo a su propio hijo.
A escondidas hirvió las semillas que su marido iba a sembrar. El trigo no brotó. Sin cosecha, Vartan tuvo que pedir dinero prestado. Al año siguiente, ella repitió el engaño. Las deudas crecieron tanto que el hombre perdió la esperanza de vivir del campo y se fue a otros países a buscar trabajo.
Eso era lo que su esposa esperaba. Mientras daba carne y pasteles a su hijo, a Vart y Vartoohi sólo les entregaba un puñado de trigo hervido.
Un día decidió llevarlos al río con el pretexto de bañarlos y ahogarlos allí.
Los hermanos comían su escasa ración en un rincón del patio. Un gorrión saltaba alrededor y piaba sin parar. Vart quiso tirarle una piedra para matarlo, pero Vartoohi lo detuvo. Prestaron atención al pájaro y les pareció entender lo que decía.
—Pequeños huérfanos, denme unos granos para mis crías y les daré un buen consejo.
Le arrojaron un poco de trigo. El gorrión lo llevó al nido y volvió.
—¡Corran! Su madrastra quiere llevarlos hoy al río para ahogarlos. ¡Corran!
El pájaro se fue. Poco después llegó la mujer.
—¡Levántense, sucios! Vamos al río a bañarlos.
—Andá primero, mamá. Nosotros vamos después.
En cuanto pudieron, los hermanos huyeron hacia las montañas. La mujer no salió a buscarlos. Ellos caminaron por el bosque hasta la noche y se refugiaron en el tronco hueco de un viejo sicómoro. Repitieron la oración que les había enseñado su madre y se durmieron abrazados.
Al amanecer volvió el gorrión.
—¡Vengan a comer! Hay trigo hervido para ustedes.
Lo siguieron hasta un árbol. Una anciana llegó con una olla llena de trigo, la vació en el suelo y se marchó. Se reunió una multitud de gorriones, y los dos niños se sentaron a comer con ellos.
La anciana llevaba comida todos los días en memoria de sus hijos y nietos, que habían muerto pequeños y a quienes había querido mucho. Creía que aquellos pájaros eran los espíritus de sus niños. Así, Vart y Vartoohi vivieron mucho tiempo junto a los gorriones.
Un día, el príncipe salió a cazar y los encontró. Los llevó al palacio, les tomó cariño y los adoptó como hijo e hija. Toda la corte los quería por su carácter amable. Sin embargo, ellos estaban tristes.
—¿Qué les pasa, hijos? —preguntó el príncipe.
—Queremos ver a nuestro papá, que se fue lejos —respondió Vart.
—Y al gorrión que nos ayudó —agregó Vartoohi.
El príncipe mandó buscar a Vartan. Sus enviados lo encontraron y lo llevaron de regreso. El padre castigó a su esposa por su maldad y abrazó a sus hijos. El príncipe también lo recibió en la corte y le dio trabajo como mensajero.
Pero ¿quién podía encontrar al gorrión? Un día llegó por su cuenta y se posó en la ventana de los niños.
—Tuvieron compasión de mis crías y me dieron alimento. Ahora el cielo les concedió tantos bienes. Que sigan siendo felices y bendecidos.
El príncipe agradeció sus servicios y le permitió hacer el nido bajo el alero del palacio.
Según este relato, todos los gorriones que hoy anidan bajo los aleros descienden de aquel pájaro bondadoso. Seamos buenos también con los gorriones: pueden traernos algún bien.



