Cuando una perdiz golpea un tronco hueco, su tamborileo se parece al ruido de alguien que trabaja en una canoa. Y los golpes sobre una canoa pueden sonar, a lo lejos, como una perdiz. Este cuento explica por qué.
En los tiempos antiguos, Mitchihess, la Perdiz, construía las canoas de todas las aves.
Un día se reunieron para estrenarlas. El Águila subió a una embarcación grande y empezó a remar con las puntas de las alas. Después salió el Búho. Lo siguieron la Grulla, el Azulejo, la Agachadiza y el Mirlo, todos orgullosos.
Hasta el pequeño Colibrí tenía una canoa diminuta. La Perdiz le había hecho un remo muy lindo, aunque algunos opinaban que era demasiado grande: medía casi dos centímetros y medio.
El Águila Pescadora, que vivía en el aire, miró aquella flota salir al mar y gritó asombrada:
—¡Viene una canoa!
Las aves preguntaron a Mitchihess por qué no se había construido una para sí. La Perdiz puso cara misteriosa y siguió tamborileando. Cuando insistieron, les dio a entender que su propia canoa sería una maravilla: algo que ningún ojo de ave había visto jamás.
Pasaron muchos días. Al fin corrió la noticia de que estaba terminada. Todas las aves se reunieron en la orilla para conocerla.
La Perdiz había pensado lo siguiente: si una canoa con dos extremos podía avanzar en dos direcciones, una canoa que tuviera extremos por todas partes podría ir hacia cualquier lado.
Por eso la hizo completamente redonda, como un nido.
Las aves quedaron maravilladas. ¿Cómo no se les había ocurrido una idea tan sencilla?
Mitchihess se subió y empezó a remar.
La canoa giró.
Remó de nuevo y volvió a girar. Por más que trabajó, no avanzó nada: daba vueltas y vueltas en el mismo sitio.
Al fin, agotada, la Perdiz regresó a la orilla. Sintió tanta vergüenza que voló lejos, hacia el interior, y se escondió bajo los arbustos bajos.
Desde entonces, dice la historia, vive tierra adentro y no busca los ríos ni el mar.




