Muy al norte, sobre una gran roca al final del cielo, vivía Wuchowsen, el enorme pájaro blanco al que llamaban el que hace soplar el viento. Cada vez que movía las alas, el viento recorría el mundo.
Glooskap solía salir en su canoa con arco y flechas para cazar aves marinas. Pero durante muchos días sopló un viento cada vez más fuerte, hasta que llegó una tempestad y ya no pudo salir.
—Esto lo hizo Wuchowsen —dijo.
Viajó mucho hasta encontrarlo sobre su roca.
—Abuelo, no tenés compasión de tus nietos. Este viento y esta tormenta son demasiado. Mové las alas con más suavidad.
El pájaro gigante respondió:
—Estoy acá desde los tiempos más antiguos. Antes de que hablara cualquier otro ser, moví las alas. La primera voz fue la mía. Y voy a seguir moviéndolas como quiera.
Glooskap creció hasta alcanzar las nubes. Tomó al gran pájaro como si fuera un pato, le ató las dos alas y lo arrojó a una grieta entre rocas profundas. Allí lo dejó.
Ahora la gente podía navegar todo el día. El aire quedó inmóvil durante semanas y meses. Pero las aguas también se quedaron quietas. Se estancaron y se volvieron tan espesas que Glooskap ya no podía avanzar con su canoa.
Entonces se acordó de Wuchowsen y volvió a buscarlo.
Lo encontró tal como lo había dejado: el gran pájaro no podía morir. Glooskap lo levantó, lo puso otra vez sobre su roca y le desató una sola ala.
Desde entonces, dice el cuento, los vientos nunca volvieron a ser tan terribles como en aquellos primeros tiempos.




