Un hombre, descontento porque su esposa no tenía hijos, fue a consultar a una igqirakazi, una mujer conocedora de remedios y prácticas rituales. Ella le pidió un ternero gordo para usar su grasa en un preparado.
El hombre llevó uno que no tenía cuernos ni cola. La mujer le anunció que tendría un hijo sin brazos ni piernas y le ordenó no contarle a nadie lo que había escuchado. Pero al volver él se lo contó a sus amigos.
Cuando su esposa dio a luz a una niña con brazos y piernas, el hombre se negó a reconocerla. Golpeó a su mujer y le ordenó abandonar a la bebé. Después fue a reclamarle a la igqirakazi.
—No guardaste el secreto —respondió ella—. Tu esposa todavía tendrá el hijo que te anuncié.
Así sucedió. Nació un niño sin brazos ni piernas, llamado Simbukumbukwana, que habló desde el primer día. Mientras tanto, su hermana crecía en el valle donde la habían dejado. Vivía en un hueco de un hormiguero y comía miel, nongwes que sacaba de la tierra y goma de los árboles.
Un día la madre dejó al niño en casa, cerró la puerta y fue a trabajar al huerto. La hermana se acercó.
—¿Dónde está la gente?
—Acá estoy —respondió una voz.
—¿Quién sos?
—Simbukumbukwana.
Ella le pidió que abriera. Él explicó que no tenía brazos ni piernas. Entonces la hermana cantó:
—Simbukumbukwana de mi madre, que tengas piernas y brazos.
Las extremidades aparecieron. Él se levantó y abrió la puerta. La muchacha barrió, molió mijo e hizo pan. Antes de irse le indicó que, si sus padres preguntaban, dijera que había trabajado él. Si le pedían repetirlo, debía contestar: «Ya lo hice».
Después cantó para que sus brazos y piernas desaparecieran de nuevo, y se marchó. Cuando los padres regresaron, el niño respondió tal como ella había dicho. Ellos no conseguían entenderlo.
Al día siguiente, la madre salió pero el padre se escondió para vigilar. La muchacha volvió, repitió el canto y entró a trabajar. Necesitaba agua para el piso, así que mandó a su hermano al río.
Simbukumbukwana estaba tan contento de caminar que dejó el recipiente junto al agua y siguió hasta una colina. Su hermana fue a buscarlo y lo llamó, pero él no regresó. Entonces cantó para retirarle las extremidades.
Cuando la joven se iba, el padre salió de su escondite, la abrazó y le dijo que se quedara con él. La madre, que volvía del huerto, vio a su hijo en la ladera. Le preguntó cómo había llegado hasta allí.
—Vine solo.
—Entonces mostrame cómo seguís.
—Ya lo hice —respondió él.
Ella lo cargó a la espalda y lo llevó a casa. Encontró allí a su hija y a su marido contento de haberla recuperado. La muchacha cantó otra vez, y Simbukumbukwana volvió a tener brazos y piernas.
Otro día, la hermana salió con unas jóvenes a buscar arcilla roja. El niño las siguió.
—¿Qué hacés acá? —le preguntó ella, enojada.
—Voy a buscar arcilla para mamá.
Lo obligó a sentarse, pero él volvió a seguirlas. Entonces le pegó y lo dejó en el camino.
Cayó una tormenta. Cuando pasó, las otras jóvenes propusieron volver a buscar al niño. Lo encontraron completamente seco: la lluvia no había caído donde él estaba.
—Me pegaste —le dijo a su hermana.
Ella le pidió perdón. Él anunció:
—Quiero que la casa de mi padre esté acá.
La casa apareció. Pidió también el fuego, y lo tuvieron encendido.
—Aunque me pegaste, hay una casa y un fuego para ustedes. Entren.
Después llamó al ganado de su padre. Los animales llegaron al instante. El lugar era agradable, y desde entonces se quedaron a vivir allí.



