Hinazinci y su hermana vivían con su abuelo. Su padre estaba en otra aldea, junto a su madre, una mujer que devoraba personas.
Un día los chicos dijeron que querían visitar a sus padres. El abuelo les preguntó si serían capaces de volver, pero al fin aceptó. Debían llegar de noche, para encontrarse primero con su padre.
Partieron al caer el sol. Al llegar escucharon desde afuera: solo se oía la voz del hombre. Lo llamaron y él salió, angustiado al verlos.
—¿Por qué vinieron? Saben que su madre come personas.
Un estruendo parecido al trueno anunció su regreso. El padre escondió a los niños en un rincón y los cubrió con pieles. La mujer entró cargando un animal y el cuerpo de un hombre.
—Hay un olor muy rico acá. ¿Están mis hijos?
El marido lo negó, pero ella levantó las pieles y los encontró.
—Hijos míos, lamento que hayan venido. Yo necesito comer personas.
Preparó el animal para ellos y su padre; reservó para sí el cuerpo humano. Después de comer salió un momento, y el padre les explicó cómo escapar.
—Cuando su madre duerma, van a oír gente bailando, animales rugiendo y perros ladrando dentro de su panza. Esperen esas señales y váyanse enseguida.
Se acostaron sin cerrar los ojos. Al rato escucharon todo lo que el padre había anunciado. Él los sacudió suavemente, se despidieron y salieron sin hacer ruido.
A medianoche la mujer despertó. Al descubrir la ausencia, tomó su hacha y corrió tras ellos. Los hermanos ya estaban lejos, pero tan cansados que no podían acelerar.
—Cantá tu canción —le pidió Hinazinci a su hermana—. Tal vez se compadezca y vuelva.
—Ahora quiere carne. No va a escuchar.
Él insistió. La joven cantó y, al oírla, la madre retrocedió hasta su casa. Allí quiso atacar al marido con el hacha. Él le sujetó el brazo.
—Si me matás, ¿quién será tu esposo?
Ella lo dejó y reanudó la persecución. Alcanzó a la hija cerca de la aldea del abuelo, cuando cayó agotada, y se la tragó. Hinazinci llegó hasta la puerta de la casa, pero allí cayó también. La madre lo levantó y lo devoró.
En la aldea solo estaban los ancianos y los niños; los demás trabajaban en los huertos. La mujer se tragó a todos los que encontró y también al ganado.
Al atardecer emprendió el regreso. En un valle vio un pájaro hermoso. Cuanto más se acercaba, más crecía el ave, hasta alcanzar el tamaño de una casa.
—Se lo voy a llevar a mi marido —pensó la mujer.
El pájaro cantaba que aquel era su valle y que ella venía a perturbarlo. Avanzó lentamente y le quitó el hacha sin dejar de cantar.
—Devolvémela. Ya no quiero tu carne —dijo la mujer, asustada.
El ave le arrancó un brazo. Ella insistió en que se marcharía, que su marido tenía hambre y debía cocinarle. El canto se hizo más fuerte, y el pájaro le arrancó una pierna.
Caída en el suelo, la mujer cambió de argumento:
—No cantás bien. Dejame ir y voy a cantar por vos.
El ave abrió las alas y le abrió el vientre. De allí salieron muchas personas: la mayoría seguía viva, pero algunas habían muerto. La mujer seguía atrapando a quienes salían y se los tragaba otra vez.
Hinazinci y su hermana salieron vivos y corrieron. Finalmente la devoradora murió.
Los hermanos regresaron con su abuelo. La gente celebró la desaparición de la amenaza y los eligió gobernantes, porque su viaje había conducido a aquel desenlace. Más tarde, la joven se casó con un hijo del gran jefe, e Hinazinci con una hija de ese mismo jefe.



