Una mujer y su marido vivían con sus tres hijos: Gingci, Lonci y Dumangashe. Eran pobres y bebían la leche que obtenían de un árbol, una leche que no los alimentaba como la de las vacas.
Un día la mujer limpió un terreno para cultivarlo. Cortó los yuyos, los amontonó y regresó a su casa al caer la tarde. Entonces llegó un pájaro y cantó para que los yuyos volvieran a crecer y desapareciera todo el trabajo. Y así ocurrió.
A la mañana siguiente, la mujer encontró el terreno igual que antes. Volvió a limpiarlo y dejó unas estacas como señal. Cuando contó lo sucedido, su marido no le creyó: la acusó de no trabajar y la amenazó con pegarle.
El tercer día solo quedaban las estacas. La mujer empezó a cavar sin arrancar primero los yuyos. El pájaro se posó frente a ella.
—¿Quién está cultivando la tierra de mi padre? ¡Que se rompa la herramienta y que la tierra vuelva a su lugar!
La herramienta se desarmó. La mujer corrió a contar lo ocurrido. Esta vez prepararon juntos una trampa: cavaron un pozo, lo cubrieron con ramas y pasto, y el hombre se escondió adentro, dejando una mano afuera.
Cuando la mujer volvió a trabajar, el pájaro se posó sobre esa mano. Cantó, pero antes de que pudiera alejarse el hombre cerró los dedos.
—¡Te voy a cortar la cabeza! —gritó.
—No me mates. Soy un pájaro que puede dar leche.
El hombre le exigió una prueba. Primero recibió leche en la mano; después hizo traer un recipiente y el pájaro lo llenó. Era tan buena que se llevó al animal y lo encerró en una vasija grande.
Desde entonces, él y su esposa bebían aquella leche. A los chicos les seguían dando la del árbol. Dumangashe le preguntó a Gingci por qué sus padres estaban tan bien alimentados y ellos no. Decidieron vigilar. De noche vieron al padre levantar la cubierta de la vasija y pedir leche una y otra vez.
Al día siguiente, los padres salieron. El hombre había cerrado la casa y prohibido que entraran, pero los chicos fueron a buscar al pájaro.
—Pájaro de mi padre, dame leche —pidió Gingci.
—Poneme junto al fuego.
Allí dio apenas un poco. Gingci pidió más, y el pájaro se hizo llevar hasta la puerta. Otra vez dio muy poca leche. Cuando Dumangashe le pidió su parte, respondió:
—Poneme al sol.
La chica lo hizo y recibió una vasija llena. Mientras ella bebía, el pájaro cantó sobre su cautiverio y sobre las golondrinas capaces de cruzar el Umkomanzi. Después abrió las alas y se fue.
Gingci y Dumangashe lo llamaron y salieron a buscarlo. Encontraron un árbol lleno de aves y atraparon una, pero, en vez de dar leche, el animal sangró hasta formar un río de sangre. Lo soltaron, aterrados. Estaban seguros de que su padre los mataría.
Cuando el hombre volvió, Lonci dijo que había ido a beber al río y no sabía dónde estaban sus hermanos. El padre encontró a Dumangashe escondida entre las cenizas y a Gingci detrás de una piedra. Ellos le contaron la verdad.
El hombre los ató y los dejó suspendidos de un árbol sobre el río. La madre le rogó que los soltara, pero él se negó y se fue. Gingci consiguió trepar por la correa, afirmarse en el árbol y desatar a su hermana. Los dos escaparon.
Después de tres noches de camino llegaron a una gran roca.
—No tenemos padre ni madre. Roca, sé nuestra casa —pidió Gingci.
La roca se abrió y les dio refugio. El muchacho cazaba para alimentarlos. Pasó el tiempo, y un día un ave dejó un niño junto a la casa, diciendo que así había hecho con todas las personas.
Más tarde apareció un cocodrilo. Gingci iba a matarlo, pero el animal le habló:
—Soy tu amigo. No me mates.
Lo llevó a su vivienda bajo el agua, donde tenía ganado y mijo. Le entregó diez vacas y diez canastos de grano, y le dijo que debía enviar a su hermana para que se casara con él. Gingci construyó un corral; Dumangashe sembró. Cocodrilo siguió enviando animales hasta llenar un corral mucho mayor.
Un ave anunció que Dumangashe había cumplido su ceremonia de paso y que Gingci también debía entrar en la vida adulta. Cocodrilo le dio una de sus hijas por esposa. Dumangashe fue a la aldea de Cocodrilo, y cuando le preguntaron con quién quería casarse, lo eligió a él.
—Lameme la cara —le pidió su esposo.
Ella lo hizo. Cocodrilo perdió la piel de reptil y se levantó convertido en un hombre.
—Los enemigos de la casa de mi padre me habían hecho esto. Vos pudiste más que ellos.
Llegó una gran hambruna. La madre de los hermanos apareció buscando comida, sin reconocerlos. Ellos sí la reconocieron y la alimentaron. Después llegó el padre y recibió también comida.
Cuando volvió una segunda vez, Gingci le dijo:
—Pensaste que moriríamos cuando nos colgaste del árbol.
El hombre lo miró, asombrado.
—¿Vos sos mi hijo?
Cocodrilo les dio a los padres tres canastos de grano y les indicó que fueran a vivir a las montañas. Allí construyeron su casa. El padre murió en aquel lugar.



