Una joven dejó la casa de su padre y llegó a la aldea de Serpiente Larga. El dueño estaba ausente; solo encontró a su madre. Serpiente Larga era un hombre al que un hechizo había dado aspecto de serpiente.
Al anochecer, la madre le entregó mijo para moler. La joven hizo pan y lo llevó a la casa de Serpiente Larga, tal como le indicaron. Poco después llegó él. Ella le sirvió el pan y leche fermentada. Comieron y pasaron allí la noche.
Muy temprano, Serpiente Larga salió. Durante el día vivía en el campo abierto. La joven fue a la casa de los padres de Serpiente Larga, y la madre de él la vistió con una hermosa túnica.
Entonces ella pidió un hacha para ir a buscar leña. Pero, apenas estuvo lejos de la aldea, arrojó la herramienta y corrió hasta la casa de su propio padre.
Su hermana quiso saber de dónde había sacado aquella ropa. Cuando lo supo, decidió ir también.
—Esperá —le dijo la mayor—. Dejá que te cuente cómo son las cosas en esa aldea.
—Vos fuiste sin que nadie te avisara. Yo tampoco quiero que me digas nada.
Partió de inmediato y llegó al anochecer. La madre de Serpiente Larga le dio mijo. Ella lo molió, preparó pan y lo llevó a la casa. Cuando él llegó, le sirvió el pan y la leche fermentada. Comieron y durmieron allí.
A la mañana siguiente, Serpiente Larga volvió al campo. Su madre le dio a la segunda joven una túnica como la que había recibido su hermana. También ella pidió un hacha para buscar leña y aprovechó la salida para escapar.
Esta vez, Serpiente Larga fue detrás de sus esposas. Llegó a la casa de su suegro cuando se ponía el sol. Los demás salieron para dejarle la vivienda donde dormir.
Mientras él comía adentro, los habitantes amontonaron haces de pasto alrededor y prendieron fuego a la casa. Serpiente Larga murió allí.



