Durante una hambruna, una mujer dejó su aldea y se fue a vivir lejos. Allí empezó a devorar personas. Tenía un hijo, Magoda, y con el tiempo solo quedaron vivos ellos dos. La mujer tuvo que salir a cazar animales, aunque seguía atrapando personas cuando podía. Aprendió a correr tan rápido que casi nadie escapaba de ella.
Su hermano había permanecido en la aldea de origen. Tenía dos hijas y las trataba con dureza. Un día las mandó al río con dos vasijas de barro, las más valiosas del pueblo.
La menor tropezó en una piedra. Su vasija cayó y se rompió. Se sentó a llorar, convencida de que no podía volver a casa.
—Vayámonos a un lugar donde papá no nos encuentre —le propuso a su hermana.
La convenció, y caminaron en dirección contraria a su aldea. Durante dos días solo tuvieron goma de árboles para comer. Al fin vieron un fuego y se acercaron a una casa.
Era la vivienda de su tía, aunque ellas no lo sabían. Magoda salió a recibirlas. Cuando oyó quiénes eran, les explicó el peligro y les aconsejó irse. Pero su madre ya venía de regreso. El muchacho las escondió en su propia casa, separada de la de ella.
—Huelo algo rico —dijo la mujer—. Huelo chicos.
Magoda respondió que no había nadie, y aquella noche su madre no entró a revisar.
Al día siguiente Nomagoda, la madre de Magoda, salió a cazar. No se alejó lo suficiente para que las chicas pudieran huir. Ellas entraron en la otra casa y encontraron a una persona a la que la mujer había devorado parte del cuerpo.
—Cuiden de ustedes —les advirtió la víctima.
Cerca del anochecer, Nomagoda volvió con animales. Reconoció el olor de las niñas y se asomó a la casa de su hijo.
—Yo traigo comida para vos. ¿Por qué no compartís conmigo?
Entonces las vio. Las llevó a su propia casa y les ordenó acostarse. Las hermanas estaban demasiado asustadas para dormir. Oyeron que ella decía:
—Hacha, afilate. Hacha, afilate.
Para que supiera que seguían despiertas, se quejaron de los bichos que las picaban. Esperaron hasta que Nomagoda se durmió. Dejaron dos maderos en sus lugares y escaparon.
Cuando la mujer despertó, descargó el hacha sobre los bultos. La madera reveló el engaño. Al amanecer salió detrás de ellas.
Las chicas miraron hacia atrás y vieron la nube de polvo que levantaba su tía. Delante había un árbol alto. Treparon y se escondieron entre las ramas.
Nomagoda llegó y empezó a cortar el tronco. Pero un pájaro ntengu cantó:
—Astillas, vuelvan a su sitio. Astillas, quédense firmes.
La madera arrancada volvió a unirse al árbol. Ocurrió una vez, dos, tres. Nomagoda, furiosa, atrapó al pájaro y se lo tragó. Al hacerlo dejó caer una pluma.
Volvió a levantar el hacha, y la pluma cantó la misma canción. Cada corte se reparaba. La mujer siguió golpeando hasta cansarse. Después quiso atrapar la pluma, pero esta se movía demasiado rápido. Al fin cayó agotada al pie del tronco.
Desde las ramas, las hermanas alcanzaban a ver muy lejos. Descubrieron tres perros grandes como terneros y los reconocieron: eran los de su padre, que había salido a buscarlas. Los llamaron por sus nombres.
Los perros corrieron hasta el árbol y devoraron a Nomagoda, demasiado cansada para huir. Las niñas pudieron bajar. Su padre estaba tan contento de recuperarlas que las perdonó por la vasija rota y por haberse escapado.



