Una mujer tuvo que ausentarse por un rato y dejó a sus hijos al cuidado de una liebre. Vivían junto a un sendero por donde solían pasar grupos de animales salvajes.
Apenas la madre se fue, apareció uno de esos grupos. La liebre se asustó y corrió a mirar desde lejos. Entre los animales había un monstruo terrible, su gran jefe.
—¿Quiénes son esos chicos? —preguntó.
La liebre le dijo sus nombres, y el monstruo se los tragó enteros.
Cuando la mujer regresó, la liebre le contó lo ocurrido. La madre reunió leña seca, afiló dos piezas de hierro y salió por el sendero. Desde una colina llamó al gran jefe y dijo que buscaba a sus hijos.
—Acercate, no te oigo —respondió él.
Ella se acercó y también fue tragada. Adentro encontró a sus hijos vivos, junto con muchas otras personas, bueyes y perros.
Los niños tenían hambre. La madre usó las piezas de hierro para cortar carne del costado interior del monstruo. Encendió la leña y la cocinó. Cuando los demás vieron comer a los niños, pidieron alimento también. Ella volvió a cortar y cocinar para todos.
El gran jefe empezó a sentirse muy mal. Reunió a sus consejeros, pero ninguno supo qué recomendarle. Se acostó y rodó en el barro, sin alivio. Finalmente apoyó la cabeza contra la cerca de un corral y murió.
Los consejeros no se animaban a acercarse. Mandaron a un mono para averiguar qué pasaba. El mono volvió con una advertencia:
—Quienes viven en las montañas, que corran a las montañas. Quienes viven en el llano, que vuelvan al llano. Yo me voy a las rocas.
Todos los animales se dispersaron.
Mientras tanto, la madre había abierto una salida en el costado del monstruo. Salió primero con sus hijos. Después apareció un buey, preguntando quién lo había ayudado; luego un perro y un hombre hicieron la misma pregunta. Finalmente salieron todas las personas y el ganado.
Acordaron elegir como jefa a la mujer que los había liberado.
Sus hijos crecieron. Un día, ya adultos, salieron de cacería y encontraron a otro monstruoso devorador atascado en un pozo de barro. Lo mataron y volvieron a avisar a los hombres de su comunidad.
Cuando estos fueron a retirar su piel, salió de adentro otra multitud. Los liberados se unieron a sus rescatadores, y aquella comunidad se convirtió en un pueblo muy numeroso.



