Nasrudín andaba entre las tumbas, junto al camino, cuando cayó en una sepultura vieja. Se hizo el muerto y dijo:
—Vamos a ver a Mounkhir. ¿Vendrá Nekîr?
Estaba tendido cuan largo era cuando le pareció oír a lo lejos el sonido de una campana.
—¡Es el ruido del Día del Juicio!
Saltó fuera de la tumba. En ese momento pasaba una caravana, y su cabeza, al asomar de golpe, asustó a los camellos. Los animales se empujaron unos a otros en medio de una gran confusión.
Los conductores tomaron sus garrotes.
—¡Vos! ¿Quién sos?
—Soy un muerto —respondió Nasrudín.
—¿Y qué hacés acá?
—Salí a dar un paseo.
—¡Ahora te vamos a dar un buen paseo!
Y empezaron a pegarle con los garrotes. Nasrudín escapó a su casa, con lágrimas en los ojos.
—¿Dónde estuviste? —preguntó su esposa.
—Estuve muerto, en la tumba.
—¿Y qué hay en el otro mundo?
—Nada, siempre que no asustes a los camellos de los caravaneros.



