Nasrudín llegó un día a una ciudad y encontró a los doctores de la ley comiendo y bebiendo. En cuanto lo vieron, lo trataron con grandes honores y le acercaron comida.
Aquel era un año de hambre. Mientras comía y bebía, Nasrudín pensó que en esa ciudad los alimentos debían de ser muy baratos.
—¿Es así? —le preguntó al hombre que tenía al lado—. ¿Acá la comida cuesta muy poco?
—¿Estás loco? Hoy es Beiram. Cada uno cocina carne en su casa según sus medios y la trae. Por eso hay tanta comida.
—Ah, mi buen amigo —dijo Nasrudín—. ¡Ojalá todos los días fueran Beiram!



