Dos hombres habían salido a caminar y, después de muchas horas, se perdieron. Cansados, se acostaron a descansar bajo unos árboles.
Uno se durmió enseguida. El otro no pudo conciliar el sueño y se quedó sentado junto a él.
Mientras lo miraba, vio algo extraordinario: de la boca del dormido salían pequeñas burbujas de colores que se deshacían en el aire. De pronto apareció una mucho más grande. Se levantó un poco y empezó a viajar hacia el este.
Unos jotes, las aves que volaban por allí, se acercaron al globo y lo acompañaron con gran agitación. El hombre se puso de pie y los siguió.
Llegaron hasta un peñasco, en la falda de un cerro cercano. El globo desapareció debajo de la roca. El viajero dejó una señal para reconocer el lugar y volvió junto a su amigo.
Tuvo que sacudirlo tres veces antes de que despertara.
—Estaba soñando algo muy lindo —dijo el dormilón—. Iba por un camino y me encontré con unos amigos. Me recibieron contentísimos y me dijeron que iban a regalarme un tesoro. Justo cuando vos me despertaste, me llevaban a verlo.
El otro escuchó sin interrumpirlo. Todavía no le contó lo que había visto. Lo condujo hasta el peñasco y le propuso que cavaran junto a la señal.
A los pocos golpes encontraron una gran paila llena de monedas de oro.
Se repartieron el tesoro entre los dos. Recién entonces el que había permanecido despierto explicó cómo había seguido aquel globo de colores mientras su compañero soñaba que iba en busca de una fortuna.



