Al morir, un campesino les dejó trescientos pesos a sus tres hijos. Los dos mayores eran ambiciosos: a cada uno le habría gustado quedarse con todo. Por eso propusieron un concurso.
Enterrarían las monedas y saldrían a recorrer el mundo durante un año. Al volver, cada uno contaría una mentira. El que inventara la más grande se llevaría la herencia entera.
El menor aceptó. Enterraron la plata y partieron por caminos distintos.
Un año después regresaron al mismo lugar, se abrazaron y se sentaron a conversar. El mayor empezó:
—Trabajé todo el año en una chacra. Una vez planté una mata de garbanzos que creció tanto, tanto, que llegó hasta el cielo.
—¡Grandísima mentira! —dijeron los otros dos.
Le tocó al segundo.
—Yo trabajé en una hilandería. Torcí un hilo tan largo, tan largo, que podía sujetar una punta mientras la otra llegaba al cielo.
—¡Esa también es enorme! —dijeron sus hermanos.
Entonces habló el menor:
—Yo hice un poco de todo. Una noche andaba por un camino solitario y quise encender un cigarrillo, pero no tenía fósforos. Vi una luz en la Luna y decidí subir a buscar fuego.
El segundo lo interrumpió:
—¿Y por dónde subiste?
—Por el hilo que vos habías torcido.
El mayor preguntó:
—¿Y cómo bajaste?
—Por la planta de garbanzos que vos habías sembrado.
Los hermanos tuvieron que reconocer que aquella mentira incluía las dos suyas y llegaba todavía más lejos. Desenterraron las monedas y se las dieron al menor, que durante todo el viaje ni siquiera se había preocupado por preparar una historia.



