Un sapito estaba tomando sol junto al agua cuando un pequén lo vio desde lo alto y bajó a su lado. El ave llegó tan de golpe que el sapo no tuvo tiempo de escapar.
Entonces lo saludó con mucha cortesía.
—Buenos días, señor Pequén. ¿Cómo están usted y sus oficiales y soldados? Porque usted debe ser general. Tengo buen ojo para esas cosas. ¡A menos que sea el presidente!
El pequén quedó encantado con aquel recibimiento.
—Estamos todos bien, sapito. ¿Y vos qué necesitás?
—Una sola cosa, señor General: que no me coma. Una persona tan importante como usted no va a comerse a un pobre sapo, habiendo tantos ratones por acá.
El pequén tenía mucha hambre. Miraba al sapito y pensaba que hablaba muy bien, pero que también parecía un buen almuerzo.
—Vamos a ver si te como o no te como —respondió.
El sapo no apartaba los ojos de su cara. Esperaba, atento, mientras el ave terminaba de decidirse.
De pronto el pequén bostezó y cerró los ojos. En ese instante el sapo pegó un salto y cayó al agua.
Desde un lugar seguro le gritó:
—¡Ladrón de caminos! ¡Andás asaltando a los viajeros!
El pequén abrió los ojos y vio que su almuerzo se había ido. Ya no era ni general ni presidente: era un ave hambrienta a la que le quedaba lamentarse por haber escuchado tantos cumplidos.



