El elefante y el hipopótamo eran amigos. Les gustaba comer juntos y conversar sin apuro. Una vez, mientras compartían la comida, apareció la tortuga con una propuesta que los hizo reír.
—Serán grandes y fuertes, pero ninguno de los dos puede sacarme del río tirando de una cuerda.
El elefante miró las patas pequeñas de la tortuga.
—¿A vos? —preguntó.
—A mí. Te apuesto diez mil varillas.
Aquellas varillas servían como dinero. El elefante estaba tan seguro de ganar que ofreció el doble si perdía. Acordaron encontrarse al día siguiente junto al río.
Por la mañana, la tortuga consiguió una cuerda resistente hecha con fibras de plantas trepadoras. Se ató una parte a la pata y bajó al agua. Conocía bien el fondo y sabía dónde había una roca grande, firmemente asentada. Sujetó la cuerda a esa roca, dejó el otro extremo en la orilla y se escondió bajo el agua.
Cuando llegó el elefante, vio el extremo que debía agarrar. Empezó a tirar. Primero hizo una prueba suave; después se afirmó mejor en la tierra y usó toda su fuerza. La cuerda se tensó, pero la tortuga no salió del río.
El elefante tiró y tiró hasta que la cuerda se rompió.
Enseguida, sin dejarse ver, la tortuga desató el tramo sujeto a la roca. Subió a la orilla mostrando el que todavía llevaba en la pata.
—No pudiste sacarme —dijo.
El elefante tuvo que admitirlo. Le entregó las veinte mil varillas prometidas, y la tortuga volvió a su casa. Con ese dinero, ella y su esposa vivieron cómodamente durante un tiempo.
Pasaron tres meses. Como las varillas se estaban terminando, la tortuga fue a buscar al hipopótamo y le propuso la misma apuesta.
—Acepto —dijo él—, pero esta vez voy al agua yo. Vos te quedás en tierra. Vamos a ver si puedo arrastrarte.
La tortuga estuvo de acuerdo. Consiguió otra cuerda fuerte, la sujetó a una pata trasera del hipopótamo y esperó a que él se sumergiera. Apenas desapareció, dio dos vueltas con la cuerda alrededor de una palmera robusta. Se escondió junto al tronco.
Desde el río, el hipopótamo empezó a tirar. La palmera resistió. Él volvió a intentarlo una y otra vez, hasta que salió agotado, resoplando y echando agua por las narices.
La tortuga lo vio aparecer, desenrolló rápidamente la cuerda y se acercó con ella atada a su propia pata. El hipopótamo no había visto la palmera. Creyó que toda aquella resistencia venía de la tortuga y le pagó otras veinte mil varillas.
El elefante y el hipopótamo conversaron después. Si aquel animal tan pequeño era tan fuerte, convenía tenerlo como amigo. La tortuga aceptó la amistad, pero señaló una dificultad:
—No puedo vivir con ustedes en dos lugares al mismo tiempo. Mi hijo se va a quedar con el elefante, en tierra, y yo voy a vivir con el hipopótamo, en el agua.
Así lo hicieron. De ese reparto hace nacer el cuento a las tortugas terrestres y a las acuáticas. Agrega que las del agua crecieron más, porque tenían muchos peces para comer. La roca y la palmera quedaron fuera de la conversación: los dos amigos grandes siguieron creyendo que habían perdido contra las patas de una tortuga.



