Durante unas misiones en el sur de Chile, un hombre se acercó a confesarse y le dijo a un sacerdote que practicaba la magia. El sacerdote le respondió que esas prácticas eran ilusiones y que no podían producir nada verdadero.
—Si quiere comprobarlo, póngame a prueba —dijo el hombre.
El sacerdote conocía un rosal muy particular en el jardín de las monjas clarisas de Santiago. Le pidió una rosa de ese rosal.
—Se la traeré en una hora. Enciérreme en una pieza oscura y quédese con la llave.
El sacerdote lo hizo entrar, cerró la puerta y guardó la llave. Cuando habían pasado unos tres cuartos de hora, abrió para mirar.
En el suelo había un cuerpo sin cabeza.
Después del primer espanto se acercó y, para probar si sentía algo, le clavó un alfiler en el talón izquierdo. El cuerpo no se movió. El sacerdote salió y volvió a cerrar.
Al cumplirse la hora entró otra vez. El hombre estaba de pie, entero, y le ofrecía una rosa fresca.
—¿Es una de las que me pidió?
El sacerdote no respondió. Lo invitó a salir. Al dar los primeros pasos, el hombre empezó a renguear y a quejarse del dolor.
—¿Qué le pasa? —preguntó el sacerdote.
—Cuando salté la pared del jardín, me clavé una espina del rosal en el talón.
El sacerdote le explicó que no había ninguna espina: él mismo le había puesto el alfiler. Lo retiró para mostrárselo y sostuvo que aquello demostraba que todo había sido una ilusión.
El hombre miró el alfiler y después la flor.
—Lo de la espina podrá ser una ilusión. Pero ¿y la rosa? ¿Es o no es del rosal que usted me pidió?
No quiso continuar con las pruebas. Dijo que deseaba dejar la magia y terminar su confesión. Terminó su confesión, arrepentido. La rosa quedó todavía sin una explicación.



