La reina Adiaha Umo, que en este cuento gobernaba Calabar, tenía la costumbre de preparar grandes fiestas. Invitaba a los animales domésticos y hacía servir comida abundante. A los animales salvajes no los llamaba, porque les tenía miedo.
Para uno de aquellos banquetes dispuso tres mesas largas. Cuando llegaron los invitados, la reina buscó a alguien que pudiera ocuparse del reparto. La vaca era el animal más grande de los presentes, y por eso le dio el lugar principal.
—Sentate acá y asegurate de que todos reciban su parte —le encargó.
La vaca aceptó con gusto. Pronto llegó el primer plato. Fue pasando comida de un invitado a otro, pero no reparó en la mosca, tan pequeña que apenas se distinguía entre los demás.
La mosca esperó. Vio comer a sus vecinos y se acercó un poco más.
—Todavía no me diste mi parte —le dijo a la vaca.
—Tené paciencia, amiga. Quedate tranquila —respondió ella, y siguió repartiendo.
La mosca volvió a esperar. Cuando llegó el segundo plato, pensó que esta vez le tocaría. La comida avanzó por la mesa; las porciones fueron desapareciendo. Antes de que se terminaran, la mosca llamó de nuevo a la encargada.
La vaca levantó una pata y señaló su propio ojo.
—Mirá acá. Después vas a tener comida.
No le dio nada en ese momento. Llegaron otros platos, hubo idas y vueltas, y la mosca siguió pendiente de una porción que nunca apareció. Finalmente retiraron las fuentes vacías. La fiesta había terminado.
Aquella noche, la mosca se fue a dormir sin cenar. Al día siguiente buscó a la reina y le contó lo ocurrido: había estado invitada, había pedido su parte más de una vez y, aun así, se había quedado sin probar la comida.
La reina escuchó la queja. Recordó que le había encargado a la vaca atender a todos y preguntó por el gesto de señalar el ojo.
Su decisión fue extraña y duradera: ya que la vaca había mostrado ese lugar en vez de darle comida, la mosca podría alimentarse allí de entonces en adelante, dondequiera que fuera la vaca.
El cuento termina junto a los animales, lejos de las mesas de la reina. Cuando las moscas se acercan a los ojos de las vacas, dice, todavía están aprovechando aquella sentencia nacida de un banquete en el que alguien había sido demasiado pequeño para recibir su parte.



