Hubo un tiempo, cuenta esta historia, en que diez soles aparecieron juntos en el cielo. Sus luces se sumaron, y el calor fue tan intenso que las personas ya no podían soportarlo. El emperador Yao llamó entonces a Hou Yi, un príncipe famoso por su fuerza y su puntería.
Hou Yi tomó el arco y disparó. Derribó nueve soles. Quedó uno solo iluminando la Tierra.
Además de aquel arco, el príncipe tenía un caballo tan rápido que ni el viento podía alcanzarlo. Un día salió de cacería y el animal se lanzó a correr. Hou Yi no consiguió detenerlo. El galope lo llevó hasta la montaña Kunlun, donde encontró a la Reina Madre del Mar de Jaspe.
Ella le entregó una hierba capaz de dar la inmortalidad. Hou Yi la llevó a su casa y la escondió en su cuarto. Pero, mientras él estaba ausente, su esposa Chang’e encontró la hierba y comió un poco a escondidas.
Enseguida sus pies se apartaron del suelo. Chang’e subió entre las nubes, siguió ascendiendo y llegó a la Luna. Allí entró en un palacio. Desde entonces vivió en él, convertida en la dama de la Luna.
Mucho tiempo después, durante la dinastía Tang, un emperador compartía vino con dos magos en una noche de mediados de otoño. Uno de ellos tomó su bastón de bambú y lo lanzó al aire. El bastón se transformó en un puente que subía hacia el cielo.
Los tres caminaron por aquel puente hasta llegar a la Luna. Encontraron un palacio de grandes salas, llamado Palacio del Frío de Cristal. A su lado crecía una casia en flor, tan perfumada que su aroma llenaba el aire.
Entre las ramas había un hombre con un hacha. Cortaba los brotes pequeños.
—Este árbol crece muchísimo —explicó uno de los magos—. Si lo dejáramos seguir, terminaría tapando toda la luz de la Luna. Por eso hay que recortarlo una vez cada mil años.
Entraron al palacio. Los pisos se alzaban unos sobre otros como láminas de plata. Muros y columnas parecían hechos de cristal líquido. En las paredes había jaulas y estanques donde aves y peces se movían como si estuvieran vivos. Todo aquel mundo brillaba con una claridad de vidrio.
Chang’e salió a recibirlos con un manto blanco y un vestido de colores de arcoíris.
—Venís del mundo del polvo —le dijo al emperador—. Es una gran fortuna haber encontrado el camino hasta acá.
Llamó a sus acompañantes. Llegaron volando sobre pájaros blancos y empezaron a cantar y bailar bajo la casia. La música era tan limpia que cada nota parecía conservar su forma en el aire.
Junto al árbol había un mortero de mármol blanco. Allí una liebre de jaspe molía hierbas: esa figura, decía el relato, ocupaba la parte oscura de la Luna.
Cuando terminó la danza, el emperador regresó a la Tierra con los dos magos. No pudo llevarse el palacio ni el árbol, pero recordó la música. Mandó escribir las canciones y hacerlas sonar con flautas de jaspe en su jardín de perales.



