Un conde anciano vivía en Suiza con su único hijo. Creía que el muchacho era incapaz de aprender.
—No consigo meterte nada en la cabeza —le dijo—. Voy a enviarte con un maestro famoso para ver qué puede hacer.
El joven pasó un año en otra ciudad. Cuando volvió, su padre le preguntó qué había aprendido.
—Sé lo que dicen los perros cuando ladran.
El conde se escandalizó y lo mandó con otro maestro. Transcurrió otro año. Esta vez el muchacho regresó sabiendo lo que decían los pájaros.
—¡Perdiste un tiempo precioso y no aprendiste nada! —gritó el padre—. Voy a darte una última oportunidad. Si volvés sin saber nada, dejarás de ser mi hijo.
El joven estudió un tercer año. Al volver respondió:
—Ahora entiendo el croar de las ranas.
El conde se enfureció, llamó a sus criados y les ordenó llevarlo al bosque y matarlo. Pero los hombres sintieron compasión y lo dejaron escapar. Cortaron los ojos y la lengua de un ciervo y se los llevaron al padre como prueba.
El muchacho siguió caminando hasta una fortaleza, donde pidió alojamiento. El señor del castillo le permitió dormir en una torre vieja, pero le advirtió que era peligroso. Allí vivían perros feroces que aullaban sin descanso. A ciertas horas debían entregarles a una persona, a la que devoraban. Toda la comarca sufría por ellos y nadie sabía cómo detenerlos.
—Dejen que vaya —respondió el joven—. Denme algo de comida para llevarles. No me van a hacer daño.
Le dieron alimento y lo condujeron a la torre. En cuanto entró, los perros dejaron de ladrar y movieron la cola. Comieron lo que les ofrecía sin tocarle un pelo.
A la mañana siguiente salió sano y salvo, para asombro de todos.
—Me contaron por qué están aquí —explicó—. Un encantamiento los obliga a custodiar un tesoro bajo la torre. No podrán descansar hasta que alguien lo saque. También me dijeron cómo hacerlo.
El señor del castillo prometió adoptarlo como hijo si lo conseguía. El joven volvió a bajar. Como había entendido las instrucciones, hizo todo lo necesario y salió con un cofre lleno de oro. Los perros desaparecieron y sus aullidos no volvieron a oírse. La comarca quedó libre de aquel tormento.
Tiempo después el muchacho decidió viajar a Roma. En el camino pasó junto a un pantano donde croaban muchas ranas. Se detuvo a escucharlas. Lo que oyó lo dejó pensativo y triste.
Cuando llegó a Roma, el papa acababa de morir. No lograban ponerse de acuerdo sobre el sucesor. Finalmente resolvieron elegir a quien recibiera una señal divina y milagrosa.
Justo entonces el joven conde entró en la iglesia. Dos palomas blancas como la nieve volaron hasta sus hombros y se quedaron allí. Los religiosos vieron en eso la señal esperada y le preguntaron si aceptaría ser papa.
El muchacho dudó. No sabía si era digno de semejante responsabilidad. Las palomas lo aconsejaron y al final dijo que sí. Lo ungieron y consagraron. Así se cumplió lo que había oído a las ranas y tanto lo había inquietado: él sería el nuevo papa.
Después tuvo que cantar una misa, pero no sabía una sola palabra. Las dos palomas permanecieron sobre sus hombros y se la fueron diciendo al oído.



