Una anciana pobre había juntado un plato de porotos y quería cocinarlos. Encendió el hogar con un puñado de paja. Al volcar los porotos en la olla, uno cayó al suelo sin que ella lo notara. Quedó junto a una pajita. Poco después saltó del fuego una brasa y cayó al lado de ambos.
—¿De dónde vienen, amigos? —preguntó la paja.
La brasa explicó que había escapado de las llamas: si se quedaba, habría terminado reducida a cenizas.
—Yo también me salvé entero —dijo el poroto—. Si hubiera caído en la olla, me habrían cocinado sin piedad, como a mis compañeros.
La pajita contó que la mujer había echado al fuego a sesenta de sus hermanos de una vez. Ella logró escabullirse entre sus dedos.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó la brasa.
El poroto propuso permanecer juntos y viajar a otro país, para que no les ocurriera una nueva desgracia. A los otros les gustó la idea y los tres partieron.
Pronto llegaron a un arroyo. No había puente ni tabla para cruzarlo. La pajita tuvo una idea:
—Me tiendo de orilla a orilla y ustedes pasan por encima.
Así lo hizo. La brasa, que era impetuosa, avanzó enseguida sobre el puente recién tendido. Pero al llegar a la mitad oyó correr el agua, sintió miedo y se quedó quieta.
La paja empezó a arder bajo ella. Se partió en dos y cayó al arroyo. La brasa cayó detrás, siseó al tocar el agua y murió.
El poroto, que había esperado en la orilla, se echó a reír. No podía parar. Se rio tanto que reventó.
También él habría acabado allí de no ser por un sastre que viajaba buscando trabajo. El hombre se sentó a descansar junto al arroyo. Como era compasivo, sacó aguja e hilo y cosió al poroto.
Este le dio las gracias con mucha amabilidad. El sastre había usado hilo negro, y por eso, desde entonces, todos los porotos tienen una costura negra.



