BibliotecaLos habitantes de las cavernas
Hans descubre leños de oro y cenizas de plata en los restos de una fogata del bosque.

Estonia · tradición y elaboración literaria histórica · Cuento tradicional

Los habitantes de las cavernas

Las cenizas que brillaban

15 min de lectura*12+ años · edad orientativa*
Empieza la historia

Una noche de tormenta, entre Navidad y Año Nuevo, un hombre perdió el camino. Avanzó como pudo entre montones de nieve cada vez más profundos, hasta gastar sus últimas fuerzas. Por suerte encontró un enebro tupido que lo protegía un poco del viento. Decidió pasar allí la noche: con la luz de la mañana sería más fácil orientarse.

Se envolvió en su abrigo de piel, se hizo un ovillo y se quedó dormido. No sabemos cuánto tiempo pasó antes de que alguien lo sacudiera.

—Levantate, campesino. Si te quedás acá, la nieve va a enterrarte y no vas a salir nunca más.

El hombre sacó la cabeza del abrigo y abrió los ojos. Delante de él había un desconocido alto y flaco que usaba como bastón un abeto joven, de dos veces su propia altura.

—Vení conmigo. Tenemos un fuego encendido bajo los árboles. Vas a descansar mejor que a la intemperie.

El viajero aceptó aquella ayuda, se puso de pie y lo siguió. La tormenta era tan fuerte que no podían ver ni un paso hacia adelante. Entonces el desconocido levantó su bastón y gritó:

—¡Madre de la tormenta de nieve, abrinos paso!

Delante de ellos apareció un camino ancho sobre el que no caía ni un copo. A ambos lados y detrás seguía rugiendo el temporal, como contenido por paredes invisibles. Pronto llegaron al bosque; ya de lejos distinguieron la luz del fuego.

—¿Cómo te llamás? —preguntó el hombre del abeto.

—Hans, hijo del alto Hans.

Alrededor de la hoguera había tres hombres vestidos con ropa blanca de lino, como si estuvieran en pleno verano. Durante unos treinta pasos alrededor todo parecía pertenecer a esa estación: el musgo estaba seco, la hierba verde y el suelo lleno de hormigas y pequeños escarabajos. Más allá seguía oyéndose la furia del invierno. El fuego brillaba con intensidad, pero no desprendía humo.

—¿Qué te parece, hijo del alto Hans? ¿No es mejor pasar la noche acá que bajo el enebro?

Hans agradeció el rescate. Se quitó el abrigo, lo enrolló para usarlo de almohada y se acostó al calor de las llamas. Su anfitrión sacó una cantimplora de debajo de un arbusto y le ofreció una bebida deliciosa, que le calentó el pecho. Después se tendió también y empezó a conversar con sus compañeros en una lengua desconocida. Hans no entendió una palabra. Al rato volvió a dormirse.

Cuando despertó, no había ni bosque ni hoguera. Estaba en un lugar completamente extraño. Se frotó los ojos e intentó recordar lo ocurrido. ¿Habría sido un sueño? Entonces, ¿cómo había llegado allí?

De lejos venía un ruido inmenso, que hacía temblar el suelo. Escuchó para descubrir de dónde llegaba y decidió seguirlo, con la esperanza de encontrar gente. Así alcanzó la entrada de una caverna iluminada por fuego.

Adentro había una herrería enorme, llena de fuelles y yunques. Alrededor de cada yunque trabajaban siete herreros. Eran los más extraños que Hans había visto: apenas le habrían llegado a la rodilla a un hombre común, y tenían cabezas más grandes que sus propios cuerpos. Manejaban martillos de más del doble de su tamaño, con golpes tan fuertes que ningún hombre habría podido superarlos.

Llevaban delantales de cuero desde el cuello hasta los pies, pero por detrás estaban desnudos. Contra la pared del fondo había un banco alto. Allí estaba sentado el hombre del abeto, vigilando atentamente el trabajo. A sus pies descansaba una gran vasija de la que los herreros bebían de vez en cuando.

Ya no vestía de blanco. Llevaba una chaqueta negra de hollín y un cinturón de cuero con una hebilla grande. Daba indicaciones con el bastón, porque ninguna voz habría podido imponerse al estrépito de los martillos. Hans no sabía si alguien había advertido su presencia: nadie dejó de trabajar para mirarlo.

Después de unas horas llegó el descanso. Se detuvieron los fuelles, cayeron al suelo los pesados martillos y los trabajadores salieron. Entonces el maestro se levantó y llamó a Hans.

¡Qué tesoros vio el visitante! Por todas partes había oro y plata, brillando en montones. Se entretuvo contando los lingotes de una sola pila. Iba por quinientos setenta cuando su anfitrión se volvió y sonrió.

—Mejor dejá de contar. Te llevaría demasiado tiempo. Si querés, llevate unos lingotes de recuerdo.

Hans no necesitó que se lo repitieran. Agarró uno con ambas manos, pero no consiguió moverlo, mucho menos levantarlo. El maestro se rio.

—¡Pobre pulga delicada! No podés cargar ni el menor de mis tesoros. Vas a tener que conformarte con mirarlos.

Lo llevó de una cámara a otra: la segunda, la tercera, la cuarta, la quinta, la sexta. Llegaron a una séptima tan grande como una iglesia. Igual que las anteriores, estaba llena de oro y plata desde el suelo hasta el techo. Con aquello se habrían podido comprar todos los reinos del mundo, pensó Hans, y sin embargo estaba allí, bajo tierra, sin uso.

—¿Para qué guardás tanto? —preguntó—. Si ese oro llegara a las manos de las personas, todas serían ricas. Nadie tendría que trabajar ni pasar necesidades.

—Por eso mismo no puedo entregárselo —respondió el maestro—. Si nadie necesitara trabajar para conseguir el pan, el mundo entero se perdería por la pereza. Los seres humanos fueron creados para sostenerse con esfuerzo y ahorro.

A Hans no le gustó la respuesta. Discutió con energía: ¿por qué todo aquello pertenecía a uno solo? ¿Por qué dejarlo allí sin provecho? ¿Y por qué seguir aumentándolo cuando ya había tanto de sobra?

—No soy un hombre, aunque tenga su aspecto —explicó el dueño—. Pertenezco a una raza que el Creador dispuso para gobernar el mundo. Por su mandato trabajo sin descanso con mis pequeños compañeros, preparando oro y plata bajo la tierra. Cada año destinamos una parte pequeña a los humanos, apenas la necesaria. Nadie debe recibirla sin esfuerzo: por eso trituramos el oro y mezclamos los granos con tierra, arcilla y arena. Después las personas los encuentran y deben buscarlos con paciencia.

Miró a su alrededor y dio por terminada la conversación.

—Ya casi es mediodía. Si querés seguir viendo los tesoros, quedate. Voy a llamarte cuando esté lista la comida.

Hans recorrió otra vez las cámaras. De tanto en tanto probaba levantar una pieza más chica; ninguna cedió. Había oído decir muchas veces que el oro era pesado, pero nunca lo había creído del todo. Ahora tenía ocasión de comprobarlo.

Cuando su anfitrión volvió, al principio no lo reconoció. Vestía sedas rojas como llamas, adornadas con encajes y flecos de oro. Llevaba un ancho cinturón dorado y una corona cuyas piedras brillaban como estrellas en una noche de invierno. En vez del gran abeto sostenía un cetro de oro, ramificado como si fuera un brote de aquel árbol.

Cerró las cámaras, se guardó la llave y tomó a Hans de la mano. Lo condujo a otra sala, donde estaba servida la mesa. Los muebles eran de plata; en el centro había una mesa hermosa con una silla a cada lado. Vasos, platos, fuentes y jarras eran de oro.

Se sentaron y empezaron a llegar los platos: doce, uno detrás de otro. Los servidores se parecían a los pequeños herreros, pero llevaban ropa blanca y limpia. Se movían con ligereza de pájaros. Como no alcanzaban la mesa, saltaban hasta ella sosteniendo fuentes y soperas enormes. No derramaban una sola gota. También servían hidromiel y vinos delicados.

El anfitrión conversó amablemente y le explicó muchos misterios. Al recordar el encuentro de la noche anterior, le contó que todos los años, entre Navidad y Año Nuevo, salía a recorrer el mundo. Le gustaba observar a los seres humanos y conocer a algunos.

—No puedo decir cosas muy buenas de los que he visto —agregó—. Muchos viven haciéndose daño unos a otros. Todos se quejan de los demás. Nadie mira sus propios errores: prefieren culpar a otro por lo que hicieron ellos.

Hans intentó discutir también esa opinión. Pero su hospitalario compañero hacía que le llenaran la copa con tanta frecuencia que, al final, la lengua se le volvió pesada. Ya no podía responder ni comprender lo que le decían. Se durmió sentado en la silla.

Soñó con los lingotes de oro. En sueños se sentía mucho más fuerte: se cargó varios en la espalda y se los llevó sin dificultad. Sin embargo, el peso terminó por vencerlo. Tuvo que sentarse a recuperar el aliento. Oyó voces altas que confundió con las canciones de los pequeños herreros, y una luz intensa le golpeó los ojos, como si viniera de las fraguas.

Parpadeó y miró alrededor. Estaba en un bosque verde, tendido sobre hierba cubierta de flores. La luz era la del sol. Tardó un rato en despejarse y recordar todo: la tormenta de invierno, el fuego sin humo, el hombre del abeto, la visita a las cavernas y la comida abundante.

Le parecía haber pasado apenas unos días entre conversación y festejos. Sin embargo, a su alrededor era pleno verano. Aquello solo podía ser obra de un encantamiento.

Se puso de pie. A su lado estaban los restos de una fogata apagada, que brillaban de una manera extraordinaria. Se agachó y descubrió que no eran cenizas comunes: era polvo fino de plata. Los palos que habían quedado entre ellas eran de oro reluciente.

¿Cómo llevarse semejante suerte sin una bolsa? Se quitó el abrigo de invierno, lo extendió y juntó con cuidado hasta la última partícula. Puso también los leños dorados y ató todo con el cinturón. El paquete era pequeño, pero pesaba una barbaridad. Tuvo que arrastrarlo con todas sus fuerzas hasta encontrar un escondite adecuado.

De pronto Hans era rico. Habría podido comprarse una gran propiedad. Después de pensarlo, decidió irse de su antiguo hogar y buscar otro lugar, suficientemente lejos como para que nadie lo conociera. Allí compró una buena tierra y todavía le quedó mucho dinero. Se casó y vivió feliz hasta el fin de sus días.

Antes de morir les contó a sus hijos cómo había visitado al señor de los tesoros subterráneos y cómo se había enriquecido gracias a él. Sus hijos y sus nietos fueron quienes difundieron la historia.

Fin

¿Una historia para recordar?

Podés volver siempre que quieras.

Detrás de esta historia.

Ilustración simbólica: Dos libros abiertos bajo estrellas y una aurora, ante un paisaje bajo de bosques y agua.
Ilustración de su mundo literario

Compilador y traductor al inglés

William Forsell Kirby

William Forsell Kirby preparó The Hero of Esthonia, publicado en dos volúmenes en 1895. Reunió y tradujo material estonio a partir de distintas colecciones, entre ellas las de Kreutzwald y Harry Jannsen, y explicó que combinaba relatos completos, abreviaciones y noticias breves....

Conocé su historia
Ilustración simbólica: Un libro abierto ante una ventana hacia un bosque y un granero distante.
Ilustración de su mundo literario

Recopilador y elaborador literario

Friedrich Reinhold Kreutzwald

Friedrich Reinhold Kreutzwald fue un escritor estonio que reunió y dio forma literaria a narraciones tradicionales. Kirby lo acredita en los encabezados de varios cuentos de esta selección. Su papel no equivale al de un narrador oral anónimo: la elaboración escrita forma...

Conocé su historia

Una historia, varios caminos.

Para conversar después

Ideas para compartir una vez que termina la historia.

Propuestas de lectura de Mitos y cuentos

Ideas y preguntas de nuestro equipo editorial para seguir pensando la historia. Podés elegir las que te interesen o quedarte con tu propia lectura.

Con chicos

Hans no deja de hacer preguntas, incluso cuando su anfitrión le muestra cosas asombrosas. También discute: ver tanto oro no lo obliga a estar de acuerdo con la explicación de su dueño. Al volver, un abrigo que ya no necesita para el frío se convierte en la bolsa que le faltaba.

  • ¿Qué le resulta injusto a Hans al mirar las cámaras del tesoro?
  • ¿Qué señales le permiten descubrir que pasó más tiempo del que pensaba?

Una mirada adulta

El huésped recibe una explicación del orden económico de manos de quien controla sus recursos. Hans la impugna, aunque finalmente se beneficia de un regalo excepcional y abandona su comunidad. El relato no resuelve esa discusión: la hospitalidad, la embriaguez y el cambio temporal la desplazan. El peso del oro atraviesa ambas partes, primero como límite físico y luego como esfuerzo real para cargar la fortuna.

  • ¿Qué contradicción encuentra Hans entre el trabajo obligatorio y la acumulación del anfitrión?
  • ¿Cómo dialogan el regalo final y la explicación de por qué los humanos no deben recibir riqueza sin esfuerzo?

Una biblioteca abierta para leer en compañía o perderse un rato entre cuentos.

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