BibliotecaLos enanos de la horca
Hans se detiene junto a la campana y perdona al pequeño ser sin cabeza que estaba escondido dentro.

Estonia · tradición y elaboración literaria histórica · Cuento tradicional

Los enanos de la horca

La deuda del campanario

16 min de lectura*14+ años · edad orientativa*
Empieza la historia

Un pastor buscaba un criado que aceptara, además de sus otras tareas, tocar la campana de la iglesia a medianoche. Muchos ya lo habían intentado. Todos desaparecían al subir al campanario: la campana no sonaba y el hombre no volvía.

El pastor procuraba hablar lo menos posible del asunto, pero tantas desapariciones no podían ocultarse. Ya nadie quería trabajar para él. Algunos incluso murmuraban que él mismo mataba a sus servidores. Cada domingo, después del sermón, anunciaba desde el púlpito que necesitaba un buen criado, que pagaría el doble y que ofrecería buena comida. Pasaron meses sin respuesta.

Finalmente se presentó Hans, que tenía fama de astuto. Venía de trabajar para un patrón mezquino, así que la promesa de comer bien le interesaba mucho. Estaba dispuesto a empezar enseguida.

—Si tenés valor y confianza en Dios, podés hacer la prueba esta noche —le dijo el pastor—. Mañana cerraremos el trato.

Hans aceptó y fue al cuarto de los sirvientes sin preocuparse demasiado. No sabía todavía que su nuevo patrón también era avaro. Al pastor le molestaba ver comer mucho a sus empleados y solía aparecer durante las comidas, esperando que su presencia les quitara el apetito. Además, los animaba a beber: pensaba que así les quedaría menos espacio para la comida.

Hans se dio cuenta. Vació la jarra de un trago y comentó:

—Ahora tengo el doble de lugar para comer.

El pastor le creyó y dejó de insistir con la bebida. Hans se rio para sus adentros.

Cerca de las once de la noche entró en la iglesia. La encontró iluminada y llena de gente, pero nadie estaba allí para rezar. Habían puesto una mesa larga y jugaban a las cartas. Hans no mostró temor. Si sentía algo, supo disimularlo. Se acercó y se sentó con ellos.

—Amigo, ¿qué venís a hacer acá? —preguntó uno.

Hans lo miró fijo.

—Un entrometido como vos haría mejor en callarse. Si alguien tiene derecho a preguntar, soy yo. Y si yo no lo hago, lo más educado sería que vos tampoco lo hicieras.

Tomó las cartas y empezó a jugar como si estuviera entre viejos amigos. Tuvo suerte: duplicó lo que apostaba y vació varios bolsillos. Entonces cantó un gallo. Debía de haber llegado la medianoche. Se apagaron todas las luces y los jugadores desaparecieron junto con la mesa y los bancos.

Hans tanteó un rato en la oscuridad hasta encontrar la puerta del campanario. Subió el primer tramo. En el escalón superior estaba sentado un hombrecito sin cabeza.

—¡Eh, pequeño! ¿Qué hacés ahí?

Sin esperar respuesta, le dio una patada y lo mandó rodando escaleras abajo. En lo alto del segundo tramo había otro centinela igual; en el tercero y en el cuarto, también. A todos los hizo bajar del mismo modo, entre un ruido de huesos que chocaban contra la piedra.

Llegó por fin hasta la campana. Antes de tocarla miró hacia arriba para comprobar que todo estuviera en orden. Un quinto enano sin cabeza se había encogido adentro. Había aflojado el badajo y parecía esperar a que Hans tirara de la cuerda para dejárselo caer sobre la cabeza. El golpe lo habría matado.

—Esperá un momento —dijo Hans—. Eso no estaba en el acuerdo. A tus compañeros los ayudé a bajar sin que gastaran las piernas. A vos te espera un viaje mejor, porque estás más alto: voy a tirarte por esa abertura y se te van a ir las ganas de volver.

Apoyó una escalera para alcanzarlo. El enano comprendió el peligro y empezó a suplicar.

—Hermano, perdoname la vida. Te prometo que ni yo ni mis hermanos volveremos a molestar a quien toque la campana de noche. Parezco pequeño y sin valor, pero quizá algún día pueda ayudarte con algo más que unas palabras de agradecimiento.

Hans se rio. No creía que el hombrecito pudiera ofrecerle gran cosa, pero estaba de buen humor y decidió soltarlo. Le advirtió que no se cruzara otra vez en su camino.

El enano le agradeció, bajó por la cuerda como una ardilla y desapareció escaleras abajo. Hans hizo sonar la campana cuanto quiso. Al oírla a medianoche, el pastor sintió una alegría enorme: por fin alguien había superado la prueba.

Después del trabajo, Hans se acostó en el pajar. El pastor se levantó temprano, como de costumbre, para comprobar que todos estuvieran ocupados. Solo faltaba el nuevo criado. A las once seguía sin aparecer y nadie lo había visto. El pastor empezó a temer que hubiera corrido la suerte de los anteriores.

Pero cuando sonó la carraca que llamaba a comer, Hans llegó con los demás.

—¿Dónde estuviste toda la mañana?

—Durmiendo —contestó entre bostezos.

—¿Durmiendo? ¿Pensás levantarte todos los días a esta hora?

—Está claro como el agua: nadie puede servir a dos amos. El que trabaja de noche tiene que dormir de día. La noche es el descanso de los trabajadores. Si me libera de tocar la campana, puedo empezar al amanecer. Si quiere que siga subiendo a medianoche, voy a dormir por lo menos hasta el mediodía.

Discutieron y llegaron a un acuerdo. Hans dejaría la tarea nocturna y trabajaría de sol a sol. Tendría media hora para dormir después de las nueve de la mañana, una hora después de comer y el domingo entero libre.

—A veces podrías ayudar con algo fuera de ese horario —insinuó el pastor—. Sobre todo en invierno, cuando los días son cortos.

—Nada de eso. Para compensar están los días largos del verano. Lo prometido es trabajar de sol a sol los días de semana.

Tiempo después invitaron al pastor a un gran bautismo en la ciudad. Quedaba a unas horas de viaje. Hans preparó una bolsa de comida. Su patrón le preguntó para qué, si llegarían antes de la noche.

—Nunca se sabe qué puede pasar en el camino. Recuerde que mi jornada termina cuando se pone el sol. Si todavía no llegamos, tendrá que seguir solo.

Al atardecer estaban en medio del bosque. Hans detuvo los caballos, tomó su bolsa y bajó del trineo.

—¿Qué hacés? ¿Te volviste loco?

—Voy a dormir acá. El sol ya se puso y mi trabajo terminó.

El pastor amenazó, suplicó y finalmente prometió aumentarle el sueldo y darle un buen regalo. Nada sirvió.

—¿No le da vergüenza tentarme a faltar a mi palabra? —respondió Hans—. Ni todos los tesoros de la tierra me harían romper el acuerdo. A un hombre se lo sostiene por su palabra, como a un buey por los cuernos. Si quiere llegar esta noche, siga con Dios. Yo terminé mi jornada.

Entonces el pastor señaló la horca cercana. Había dos condenados colgando de ella, cuyas almas, aseguró, ardían en el infierno. No podía dejarlo solo en semejante compañía.

—¿Por qué no? —dijo Hans—. Ellos están en el aire y yo voy a estar en el suelo. No vamos a molestarnos.

Le dio la espalda y se alejó con su comida. Si el pastor quería llegar al bautismo, no le quedaba otra que continuar solo. En la ciudad se asombraron de verlo sin cochero. Cuando contó la discusión, nadie pudo decidir cuál de los dos había sido más necio.

Hans no se preocupaba por lo que dijeran. Cenó, encendió la pipa para calentarse la nariz y preparó una cama bajo un pino de ramas anchas. Se envolvió en su manta y se durmió.

Un ruido lo despertó unas horas después. Brillaba la luna. Bajo el pino había dos enanos sin cabeza discutiendo furiosamente. Hans se incorporó para verlos mejor y ambos gritaron:

—¡Es él! ¡Es él!

Uno se acercó.

—Viejo amigo, qué suerte volver a encontrarte. Todavía me duelen los huesos por las escaleras del campanario. Ahora vamos a ocuparnos de los tuyos. ¡Compañeros, vengan!

De todas partes acudieron enanos sin cabeza, como una nube de mosquitos. Llevaban garrotes más grandes que ellos mismos y golpeaban con la fuerza de hombres robustos. Eran tantos que Hans no podía defenderse. Pensó que había llegado su última hora.

Cuando la paliza arreciaba, apareció otro enano.

—¡Paren, compañeros! Este hombre me hizo un favor y se lo debo. Pudo matarme y me dejó vivir. A algunos de ustedes los tiró escaleras abajo, pero no los dejó inválidos. El baño caliente les curó los miembros hace rato. Perdónenlo y váyanse a casa.

Los demás escucharon a su compañero y se retiraron sin discutir. Hans reconoció al que había encontrado dentro de la campana. El enano se sentó a su lado.

—Te reíste cuando dije que quizá pudiera ayudarte. Ya ves que llegó el momento. No desprecies ni a la criatura más pequeña.

Hans le dio las gracias de corazón. Le dolía todo el cuerpo y sabía que, sin esa intervención, difícilmente habría sobrevivido.

—Mi deuda está pagada —continuó el enano—, pero quiero compensarte también por los golpes. No hace falta que sigas trabajando para un pastor avaro. Cuando vuelvas, buscá en el lado norte de la iglesia una piedra grande que no esté sujeta con mortero. La noche de pasado mañana habrá luna llena. A medianoche, sacá la piedra con una palanca.

Debajo encontraría un tesoro acumulado durante generaciones: objetos de iglesia de oro y plata, y mucho dinero. Los habían escondido en una guerra. Hacía más de un siglo que habían muerto quienes conocían el escondite, y nadie vivo sabía ya de él.

—Repartí un tercio del dinero entre los pobres de la parroquia. El resto es tuyo.

Cantó un gallo en un pueblo lejano y el enano desapareció. Hans no pudo dormir por un largo rato, entre el dolor y los pensamientos sobre el tesoro. Cerca del amanecer se quedó dormido.

El sol estaba alto cuando volvió el pastor. Presumió de la comida, la bebida y el dinero que había recibido, y agitó las monedas para que Hans las oyera.

—Fue una tontería no acompañarme.

—Usted tuvo que quedarse despierto toda la noche para ganar eso —respondió Hans—. Yo gané cien veces más durmiendo.

—Mostrame lo que ganaste.

—Los necios hacen sonar sus kopeks; los prudentes guardan sus rublos.

Al llegar, Hans desenganchó y alimentó a los caballos con diligencia. Después recorrió la iglesia hasta encontrar la piedra sin mortero. La primera noche después de la luna llena, cuando todos dormían, salió con un pico. Le costó mucho retirar la piedra, pero detrás estaba el hueco con el tesoro, tal como le habían dicho.

El domingo siguiente repartió la tercera parte entre los pobres de la parroquia y avisó que dejaba el empleo. Como no reclamó sueldo por aquel tiempo breve, el pastor lo despidió sin discutir. Hans viajó lejos, compró una linda granja, se casó y vivió muchos años con tranquilidad.

La voz que transmitía esta historia añadía una garantía familiar: cuando su abuelo era un niño pastor, todavía vivían en el pueblo ancianos que habían conocido a Hans y aseguraban que todo había ocurrido de verdad.

Fin

¿Una historia para recordar?

Podés volver siempre que quieras.

Detrás de esta historia.

Ilustración simbólica: Dos libros abiertos bajo estrellas y una aurora, ante un paisaje bajo de bosques y agua.
Ilustración de su mundo literario

Compilador y traductor al inglés

William Forsell Kirby

William Forsell Kirby preparó The Hero of Esthonia, publicado en dos volúmenes en 1895. Reunió y tradujo material estonio a partir de distintas colecciones, entre ellas las de Kreutzwald y Harry Jannsen, y explicó que combinaba relatos completos, abreviaciones y noticias breves....

Conocé su historia
Ilustración simbólica: Un libro abierto ante una ventana hacia un bosque y un granero distante.
Ilustración de su mundo literario

Recopilador y elaborador literario

Friedrich Reinhold Kreutzwald

Friedrich Reinhold Kreutzwald fue un escritor estonio que reunió y dio forma literaria a narraciones tradicionales. Kirby lo acredita en los encabezados de varios cuentos de esta selección. Su papel no equivale al de un narrador oral anónimo: la elaboración escrita forma...

Conocé su historia

Una historia, varios caminos.

Para conversar después

Ideas para compartir una vez que termina la historia.

Propuestas de lectura de Mitos y cuentos

Ideas y preguntas de nuestro equipo editorial para seguir pensando la historia. Podés elegir las que te interesen o quedarte con tu propia lectura.

Con chicos

Hans defiende lo que acordó con su patrón y también toma una decisión inesperada cuando perdona al enano. Después, ese mismo ser detiene una pelea en la que Hans no puede defenderse. La recompensa incluye una tarea para otros: antes de irse, tiene que compartir el dinero con los pobres.

  • ¿Qué diferencia hay entre lo que hace con los primeros cuatro enanos y con el quinto?
  • ¿Cómo demuestra Hans que cumplió la condición puesta al recibir el tesoro?

Una mirada adulta

La historia entrelaza una negociación laboral muy concreta con una reciprocidad sobrenatural. Hans usa el lenguaje del deber para resistir la ampliación de su jornada, mientras el pastor intenta modificar el pacto con amenazas, ruegos y dinero. Su severidad hacia los guardias no desaparece del relato: provoca la venganza que solo la misericordia anterior permite detener. El testimonio final pertenece a la voz de la fuente, no a una supuesta memoria familiar de quien adapta.

  • ¿Qué consigue Hans al repetir las condiciones del acuerdo?
  • ¿Cómo evita el episodio del bosque que su valentía parezca invulnerabilidad?

Una biblioteca abierta para leer en compañía o perderse un rato entre cuentos.

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