Un agricultor que había cuidado sus viñas durante muchos años enfermó gravemente. Antes de morir, llamó a sus hijos y les dijo que había un gran tesoro escondido en uno de los viñedos.
No alcanzó a darles un lugar exacto. Después de despedir a su padre, los hijos recorrieron el terreno. Miraron las hileras de plantas y se preguntaron dónde podría haber enterrado lo que les había anunciado.
Tomaron palas y azadas. Empezaron junto al camino y avanzaron entre las viñas, removiendo la tierra con cuidado para no dañar las raíces. Cada piedra les hacía pensar en la tapa de un cofre. Cada golpe distinto los detenía un instante.
Pasaron los días. No encontraron monedas ni joyas. Habían trabajado todas las hileras y revisado los rincones. Cuando terminaron, el suelo estaba suelto, aireado y limpio de malezas, pero el tesoro no aparecía.
Llegó la época de la cosecha. Las viñas, favorecidas por aquel trabajo, dieron más uvas que nunca. Los hijos llenaron canastas, después carros. Vendieron parte de la cosecha y guardaron el resto.
Entonces entendieron lo que habían recibido. Su padre les había dejado la tierra y una razón para trabajarla. El tesoro no era un cofre esperando bajo una piedra: era lo que aquel viñedo podía dar si ellos lo cuidaban. Las palas que habían sacado para buscar riquezas volvieron a quedar listas para el año siguiente.


