Un cangrejo joven cruzaba la arena mientras su madre lo observaba. Avanzaba de costado, dejando una fila de huellas junto a las pequeñas marcas de las olas.
—¿Por qué caminás así? —le preguntó ella—. Quedaría mucho mejor que fueras derecho hacia adelante.
El cangrejo se detuvo y miró sus patas. Las movió una por una, como si comprobara que no se había olvidado ninguna.
—Mostrame cómo se hace —pidió—. Yo te sigo.
La madre se colocó frente a una piedra. Acomodó el cuerpo, levantó una pata e intentó avanzar directamente hacia ella. Sin embargo, sus pasos la llevaron de costado. Volvió al lugar de partida y probó más despacio. Le ocurrió lo mismo.
El hijo esperó. No se rio ni la apuró. La madre intentó una tercera vez y acabó dejando huellas parecidas a las que había criticado.
Entonces miró al pequeño cangrejo y dejó de darle aquella orden. No tenía sentido exigirle una marcha que ella no podía enseñarle.
Los dos continuaron por la playa. Sus rastros quedaron uno junto al otro, torcidos a los ojos de quien esperara una línea recta, pero perfectamente adecuados para las patas que los habían hecho. La madre no necesitó repetir el consejo: necesitó corregirlo.


