Después de pasar muchos días en cama con un fuerte dolor de cabeza, un rey se levantó y descubrió que le había crecido un pequeño cuerno. Quiso ocultarlo bajo el pelo y no volvió a hablar del asunto.
Pero el pelo seguía creciendo. Llegó un momento en que tuvo que pedir un peluquero, y les encargó a sus ministros que buscaran al más reservado de la ciudad.
Encontraron a un hombre que manejaba muy bien las tijeras y apenas conversaba. Casi no tenía clientes: mientras otros peluqueros entretenían a todo el barrio, él trabajaba en silencio. Al rey le pareció perfecto.
Antes del primer corte, el monarca le hizo jurar que no le diría su secreto a ninguna persona. El peluquero lo prometió, apartó con cuidado el mechón que cubría el cuerno y terminó su trabajo.
Apenas salió del palacio, empezó a sentir una inquietud desconocida. Él, que siempre había tenido tan pocas ganas de hablar, no podía dejar de pensar en aquello que no debía contar. Dejó de comer bien, de dormir y de trabajar. Y, aunque comía cada vez menos, la panza se le hinchaba más y más.
El secreto parecía empujarlo desde adentro. Sin embargo, había jurado callar y no quería faltar a su palabra.
Desesperado, salió al campo. Allí encontró una estaca, abrió un pozo y se acostó boca abajo junto al borde.
—¡El rey tiene cachito! —le dijo a la tierra—. ¡El rey tiene cachito!
Lo repitió una y otra vez. Con cada repetición se sentía más liviano, hasta que la panza volvió a su tamaño de siempre. Tapó el pozo, regresó a casa y pidió de comer. Esa noche durmió tan profundamente que se despertó dos días después, dispuesto a volver a sus tijeras.
Una semana más tarde, unos chicos fueron a jugar al campo. En el lugar del pozo había crecido una mata de capachitos, unas flores que acostumbraban apretar para hacerlas estallar.
Esta vez, al reventar, cada flor decía:
—¡El rey tiene cachito!
Los chicos llevaron capachitos a sus casas. Las familias hicieron la prueba y oyeron lo mismo. Pronto toda la ciudad conocía el secreto, y la noticia llegó al palacio.
El rey mandó llamar al peluquero, furioso.
—¡Juraste no contarlo! Vas a pagar tu indiscreción con la vida.
—Señor —respondió el hombre—, juré que no se lo diría a ninguna persona. Y a ninguna persona se lo dije. ¿Qué culpa tengo de que los capachitos lo anden contando?
No explicó lo del pozo y nadie lo había visto hacerlo. El rey no pudo demostrar que hubiera roto el juramento y tuvo que perdonarlo. El peluquero quedó libre; las flores ya habían hablado.



