Un hombre que trabajaba en una chacra vecina pidió alojamiento en la casa de una señora y sus dos hijas. Le dieron una pieza y se acostó.
Cerca de medianoche lo despertaron unos ruidos. En vez de llamar, se acercó a mirar por la cerradura de la habitación de al lado. Vio a la señora y a una de sus hijas cubriéndose el cuerpo con un ungüento negro.
Cuando terminaron, dijeron:
—De villa en villa, de lugar en lugar.
Y salieron volando por una ventana que daba al patio.
El huésped esperó un rato. Después entró en aquella habitación por la ventana, se quitó la ropa y se puso el ungüento. Quería hacer lo mismo que había visto, pero al repetir las palabras se equivocó:
—De vida en vida, de lugar en lugar.
Se levantó del piso, llegó hasta el techo y cayó con tanta fuerza que perdió el conocimiento.
Al amanecer regresaron la mujer y su hija. Encontraron al hombre en el suelo y, para castigarlo, la señora lo convirtió en burro. Desde entonces lo llevaron a un cerro cercano y lo usaron para cargar leña.
Pasó mucho tiempo. Una noche se acercó la hija menor, la que no había salido volando.
—Voy a devolverte tu forma —le dijo—. Pero tenés que irte lejos y no volver.
Lo llevó a una plantación de repollos, eligió uno muy pequeño y se lo dio a comer. Apenas lo terminó, el burro volvió a ser hombre.
Él le dio las gracias y se alejó enseguida. Caminó hasta que amaneció y se encontró en un bosque oscuro. Unos leñadores lo vieron sin ropa y fueron a buscarle algo para vestirse.
El hombre se quedó trabajando con ellos. Allí les contó cómo había querido volar, cómo había vivido convertido en burro y cómo la hija menor lo había ayudado a salir de aquella casa.



