El ratón de campo recibió a su amigo de la ciudad con lo mejor que había encontrado: granos de trigo, unas raíces tiernas y un lugar reparado del viento. Comieron junto al borde del sembrado. A lo lejos se oían pájaros; cerca, nada interrumpía la conversación.
El ratón de ciudad miró los últimos granos del plato.
—¿Siempre comés así? En mi casa hay pan, miel, higos y queso. Vení conmigo. Quiero que pruebes una cena de verdad.
El ratón de campo sintió curiosidad y aceptó. Caminaron hasta la ciudad y entraron en una casa por una abertura junto a la pared. Allí, su amigo lo condujo hasta una despensa que parecía no terminar nunca.
Había cebada, pasas, porotos y panes enormes. El ratón de ciudad arrastró un pedazo de queso desde una canasta y lo puso ante su invitado. El ratón de campo aspiró aquel perfume desconocido. Estaba a punto de dar el primer mordisco cuando la puerta se abrió.
—¡Corré! —gritó su amigo.
Los dos se metieron en un agujero tan estrecho que tuvieron que apretarse uno contra otro. Desde allí escucharon pasos, el crujido de una bolsa y el cierre de la puerta. Esperaron un rato antes de salir.
—No pasa nada —dijo el ratón de ciudad—. Ahora sí, comamos.
Volvieron junto al queso. El ratón de campo mordió una esquina, pero todavía estaba masticando cuando alguien entró de nuevo. Hubo otra carrera, otro escondite y un largo silencio con el corazón golpeándoles en el pecho.
Al salir, el ratón de campo recogió su pequeña bolsa.
—Gracias por la invitación. La comida es buenísima, pero prefiero volver.
—¿A tus raíces y tus granos?
—Sí. Allá puedo terminar de comer sin salir corriendo.
Su amigo no lo detuvo. El ratón de campo tomó el camino de regreso. Al llegar, encontró el mismo sembrado y la misma cena sencilla. Esta vez, además de saborear el trigo, disfrutó de poder quedarse quieto hasta el último bocado.


