Al final de un largo día de viaje, un hombre llegó a una granja tan grande y cuidada que parecía un palacio pequeño.
—Ojalá me dejen pasar la noche acá —pensó.
Cruzó el portón y encontró a un anciano de pelo y barba grises que estaba cortando leña.
—Buenas tardes, padre. ¿Puedo alojarme esta noche?
—Yo no soy el padre de esta casa. Andá a la cocina y preguntale a mi padre.
El viajero entró. Junto al fogón había un hombre todavía más viejo, arrodillado para soplar el fuego.
—Buenas tardes, padre. ¿Me dejaría pasar la noche?
—No soy yo quien decide. Mi padre está en la sala, sentado a la mesa.
En la sala encontró al tercer anciano. Le castañeteaban los dientes y leía en voz alta un libro enorme. El viajero repitió su pedido.
—Hablá con mi padre —respondió el lector—. Es el que está en el banco.
El hombre del banco parecía más viejo que todos los anteriores. Intentaba cargar su pipa, pero le temblaban tanto las manos que apenas podía sostenerla.
—Buenas tardes, padre. ¿Puedo quedarme acá esta noche?
—Yo no soy el padre de la casa. El mío está en aquella cama.
El viajero se acercó a la cama. Bajo las mantas había un anciano casi inmóvil, con unos ojos grandes y abiertos. Escuchó la pregunta y señaló hacia una cuna.
—Preguntale a mi padre. Está allá.
En la cuna no había un bebé. Había otro hombre, tan viejo y pequeño que cabía entero dentro. El viajero esperó a que terminara de respirar y volvió a pedir alojamiento.
Pasó un rato largo antes de que llegara la respuesta.
—No soy el padre de la casa. Mi padre está en el cuerno que cuelga de la pared.
El viajero buscó con la mirada. Vio el cuerno y, dentro, algo parecido a una película de ceniza con forma de rostro. El susto hizo que preguntara casi a los gritos:
—¡Buenas tardes, padre! ¿Puedo pasar la noche acá?
Del cuerno salió una voz tan fina como el canto de un pajarito.
—Sí, hijo mío.
Enseguida apareció una mesa cubierta de platos deliciosos. Después de la comida llegó una cama cómoda, con pieles de reno.
El viajero se acostó contento. Había necesitado preguntar siete veces, pero al fin había encontrado al padre de toda la familia.



