Una gallina empolló veinte huevos. De diecinueve salieron pollitos; el último parecía haberse quedado a medio hacer. La gallina volvió a echarse encima y, al fin, nació un medio pollo, con una sola ala y una sola pata.
Lo cuidó con tanto cariño como a los demás. El Medio Pollo fue creciendo y ella fue envejeciendo, hasta que ya no pudo trabajar.
—Me voy a recorrer tierras, mamita —le dijo él—. Voy a buscar algo para que puedas descansar.
La gallina lo despidió, y el Medio Pollo salió a los saltitos. Pasó muchos días sin encontrar trabajo. Una mañana, mientras escarbaba entre unas hojas, descubrió una pequeña naranja de oro.
Pensó que, si se la llevaba de regalo al rey, quizá recibiría a cambio grano para su madre. La guardó debajo del ala y tomó el camino del palacio.
Primero se encontró con un arriero que regresaba con sus mulas. El río llevaba tanta agua que no se había animado a cruzarlo.
—Yo tengo que pasar —dijo el Medio Pollo.
—¿Y no podrías llevarnos?
El Medio Pollo abrió su buche, y allí se metieron el arriero y todas las mulas. Porque aquel pollo, aunque por fuera parecía la mitad de uno, por dentro tenía lugar para cosas imposibles.
Al llegar al río, miró la corriente. No podía volar con su única ala, de modo que se bebió toda el agua y atravesó el cauce seco.
Un día después encontró a un tigre que descansaba sobre una piedra. Iba al palacio, pero estaba agotado. El Medio Pollo lo invitó a entrar también en su buche y siguió camino.
Más adelante hizo lo mismo con un león que ya no podía andar. Después vio a una zorra echada bajo unos árboles, muerta de hambre.
—Vení conmigo. A lo mejor el rey te da algo para comer.
La zorra se acomodó junto a los demás. El Medio Pollo llegó por fin al palacio y le ofreció la naranja de oro al rey.
El monarca recibió el regalo con gusto. Mandó que llevaran al visitante al gallinero y le sirvieran mucho trigo y maíz.
Pero apenas lo dejaron allí, los gallos, las gallinas y los pavos se le echaron encima a picotazos. El Medio Pollo se refugió en un rincón y dejó salir a la zorra. Ella se comió todas las aves y escapó hacia la cordillera. El pollo quedó solo y pudo comer el grano.
Por la mañana los pajes encontraron el gallinero vacío, salvo por aquel huésped. Corrieron a avisarle al rey, convencidos de que él se había comido a todos.
—Yo no puedo matar a quien me hizo un regalo —dijo el rey.
Uno de los pajes propuso dejarlo entre los caballos, donde seguramente moriría bajo sus patas. El rey aceptó, pero repitió que les prohibía matarlo.
Cuando los caballos empezaron a rodearlo, el Medio Pollo dejó salir al león. El león se comió a todos y se fue a la cordillera. A la mañana siguiente, los pajes encontraron al pollo cantando en una rama.
Volvieron a quejarse. El rey volvió a decir que él no lo mataría. Esta vez lo encerraron en el potrero de las vacas.
El Medio Pollo tuvo tanto miedo que por un momento se olvidó del tigre que llevaba adentro. Pero el tigre salió de su escondite, se comió a las vacas y también huyó hacia la cordillera.
Los pajes ya no quisieron esperar.
—Señor, si lo dejamos vivo, va a comernos a nosotros.
—Les dije que no lo maten —contestó el rey.
—Entonces lo pondremos en el horno del pan.
Y lo metieron en el horno encendido. El Medio Pollo buscó un rincón cerca de la boca del horno, pero el calor ya empezaba a quemarle las plumas. La zorra, el león y el tigre se habían ido. ¿Quién podía ayudarlo ahora?
De pronto le sonaron las tripas. ¡Todavía llevaba adentro toda el agua del río!
La soltó de golpe. El agua apagó el fuego y salió del horno con tanta fuerza que ahogó a los pajes que venían a verlo. El Medio Pollo consiguió salir vivo.
Fue a despedirse del rey.
—Ya murieron los que querían matarme. Ahora quiero volver con mi mamá, que debe estar preocupada.
El rey repitió que les había prohibido hacerle daño. Después ordenó al mayordomo que le entregara todo el trigo de su depósito.
Era una cantidad enorme para llevarla solo. Entonces el Medio Pollo dejó salir al arriero y a sus mulas, que habían permanecido guardados durante todas aquellas aventuras. Cargaron el trigo y emprendieron el regreso.
Al llegar, el arriero y el Medio Pollo hicieron dos montones exactamente iguales: uno para cada uno. La gallina se alegró de volver a ver a su hijo. Con el trigo que él había traído, ya no tuvo que trabajar nunca más.



